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El hechizo


Me llamo Dolores Dríades, pero ustedes pueden llamarme Lolita; y por lo que veo, creo que soy la más vieja del grupo.
Escuchen, yo tenía diez años cuando me inicié. Mi padre tomaba mucho. Una mañana, por causa de sus borracheras, amanecimos sin ni siquiera café para amortiguar el dolor del hambre. El viejo estaba tirado en el piso y mi madre preparaba una agüita de yerbabuena. Y ese sonsonete en mi cabeza. No paraba de cantar esa dichosa canción de la cucaracha: “La cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar porque le falta, porque no tiene, ron cañita pa’ tomar...”
Al mediodía me mandó al cafetín a que le buscara una caneca. Me fui por el caminito lleno de robles floridos, y cuando cruzaba el río, sentí que me llamaban de un modo bajo y despacito. Me detuve, miré para todos los lados pero no vi a nadie. Entonces pensé que eran desvaríos de mi cabeza, ya que el hambre nos hace alucinar, y proseguí mi camino.
Cuando llegué al colmado vi a un hombre sentado frente al mostrador pinchando unos pedacitos de salchichón con un palillo de dientes y luego los mojaba introduciéndolos suavemente en un vaso con ron. La vellonera estaba encendida y una canción romántica brotaba de ella haciendo que el hombre cerrara los ojos y se moviera al compás. Entonces yo, enjuta, despeinada, descalza y con el estómago vacío, me acerqué al mostrador y temblando me dirigí hacia donde estaba el dependiente, Don Monche, que contaba unos billetes y trazaba unas cifras en una libreta.
―Que si le podía fiar una caneca, una libra de pan y media libra de bacalao, que papá se lo paga tan pronto comience la zafra ―le dije, mientras mi pequeña boca se volvía agua al percibir el rico olor de grasa y pimienta proveniente del embutido que comía el señor. Don Monche se puso un lápiz amarillo en la oreja izquierda, echó la vieja y mugrosa libreta a un lado, y me dijo, sin mirarme :
―Dile a tu pai’ que no beba tanto que ya es mucho lo que me debe.
En ese instante uno de los billetes que contaba cayó al suelo, sin don Monche percatarse. Yo veía como el billete iba cayendo suavemente por debajo del mostrador, aterrizando como un rayo magnífico de luz verde entre mí y el hombre del embutido. Levanté la cabecita y miré al hombre. Él me miró de reojo y, sin titubear, puso su bota sobre la punta que sobresalía del billete y me hizo un guiño con malicia; se llevó un dedo a los labios como diciéndome que me callara y no fuera a delatarlo, y me ofreció varios pedazos del oloroso manjar. Yo, con mis ojos abiertos y sorprendida, sonreí nerviosa, me eché un pedazo a la boca, y, casi sin masticarlo, me lo tragué de inmediato. Después me relamí los labios y, con todo lo que me permitió mi voz infantil, grité:
–¡Don Monche, se le cayó un billete de veinte en el piso y está debajo de la bota del señor!
El dependiente, aturdido, se dobló, miró por debajo del mostrador, y agarrando una escoba, lo atrajo hacia él y lo recogió.
―Dile a tu papá que ésta va por la casa, que no me debe nada ―me dijo, mientras miraba con intensa furia al hombre del embutido.
El hombre frunció las cejas, apretó los dientes y se me quedó mirando de una manera tan morbosa que aún no puedo olvidarlo. Y yo me marché tarareando la canción de la cucaracha con mi bolsa llena de pan, bacalao y una caneca de ron; me sentía algo mareada pero contenta a la vez. Crucé el río como pude, y al llegar al caminito de robles amarillos volví a sentir que me llamaban. De pronto, una sombra se me atravesó y caí al suelo. Una mano enorme me agarraba la cintura mientras la otra me tapaba la boca. Comencé a patalear y trataba de zafarme con mis pocas fuerzas, cuando de momento una nube de mujercitas aladas que cantaban con una dulzura divina, se abalanzaron sobre el hombre que me atacaba. Eran muchas y pequeñitas como mi dedo meñique, vestidas de blanco, de pelo verde, con alitas azules, casi etéreas y todas risueñas. Cuando las sintió encima, el bribón comenzó a chillar como un perro y huyó despavorido cuesta abajo como pájaro que ha visto un espantajo. Yo me quedé en el suelo, perturbada y asombrada a la vez. Ellas hicieron un círculo a mi alrededor y comenzaron a hablarme al unísono. Me dijeron que sería portadora del hechizo mágico; que en el futuro iba a ser su libertadora; que cuidáramos la naturaleza, ya que si seguíamos cortando árboles se nos iba a secar la isla. Después desaparecieron entre los robles y nunca más las volví a ver.
La caneca de ron nunca llegó a las manos de mi padre. Con el tiempo me convertí en una ambientalista alcohólica o una alcohólica ambientalista, como ustedes quieran verlo. Me entristece ver como se talan los árboles a diestra y siniestra sin pensar en el futuro; y sabrá Dios cuántas de esas mujercitas se están quedando sin hogar. Y hablando de palos, de vez en cuando, lo admito, me doy el palito; y me lo doy del Palo Viejo, que es el mejor. Que le voy hacer, si me echaron un hechizo.

Glosario:
zafra: época cuando se picaba la caña de azúcar
vellonera: caja de música o tocadiscos
caneca: botella
yerbabuena: yerba medicinal
Palo Viejo: Marca de ron puertorriqueño
palo: árbol

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