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Breve historia de amor y de locura


Cuenta la leyenda que en un día de sol esplendoroso, a eso del mediodía, el sonido de una explosión resonó su eco más allá de las colinas. Los pajaritos cesaron de trinar, los bambúes se mecieron con el impacto, y las hojas, al caer al pozo, formaban ondulaciones en sus aguas serenas. En la lejanía, una mancha ígnea, seguida por una columna de humo, se dibujaba en la falda verde del monte.
Desde la plantación de tabaco los trabajadores avistaron la humorada que se expandía en el cielo. El joven Polo, que silbaba la canción del amor, mientras amontonaba un fardo de hojas, escuchó los gritos. Sus ojos se ensancharon, petrificados de horror. ―¡Paquitaaa! ―gritó aterrorizado.
Corría despavorido, como un relámpago; impotente, deseó tener alas para llegar a ella y librarla del fuego impetuoso que la vestía y consumía, mientras se agitaba de un lado para otro presa del pánico.En la mente de Polo, la canción de amor se convirtió en una de miedo y dolor. Como ráfagas vertiginosas, llegaban a su memoria los recuerdos más bellos.
Paquita era sencilla, como florecita de moriviví. Ella tenía diecisiete y él apenas había cumplido los veinte, cuando la vio por primera vez en el pozo, mientras buscaba agua, y desde ese instante su corazón ya no le fue de él. Ambos se llenaron de ilusiones y en sus ojos brillo el amor. Todavía el primer beso lo sentía cálido, y de la semilla de ese amor, Paquita llevaba en su vientre lo más inapreciable del fruto divino: su primer bebé que en dos meses vendría a sus vidas.Recordaba cómo, con la ayuda de sus hermanos, terminó de construir una choza de madera y yaguas en la ladera más desnuda del monte, cerca del pozo. Se casó con Paquita una tarde azuloza de julio. La fiesta se celebró en el antiguo rancho de palos y yaguas, donde se cosía el tabaco y se amontonaban los bolillos. Fue un día histórico, pues el padre Vicente, por primera vez, subió a los picachos en una carreta tirada por bueyes. Hubo trovadores, los cuales al son del repique de el cuatro y la maraca improvisaron décimas para los novios.
Para diciembre pudo regalarle, por fin, la estufa de gas kerosene, que tantas veces veía en la tienda del pueblo cuando iban a vender el tabaco. La había comprado a crédito pues le fastidiaba ver a Paquita doblarse y tiznarse con el hollín del fogón. Se la trajo la víspera de su primera navidad juntos, envuelta en papel crepe verde y rojo. A Paquita se le iluminó la sonrisa más hermosa que él haya visto, y cada día él sentía que la adoraba mucho más. Ninguna tan primorosa como ella; tan clara y pura como el agua dulce del pozo. Él le enseñó a usar la estufa, desde echarle el kerosene hasta prenderle la mecha.
Hasta que llegó primavera, el día esperado por ellos se acercaba; el bebé iba a nacer para principios de abril y nunca antes se habían sentido tan felices.

Polo continuaba su carrera con un terror en la mirada; una angustia ardía en su pecho. En sus ojos húmedos brillaba un fuego. Al llegar, arrojó con furor varias telas de saco para apaciguar las llamas, pero ya era muy tarde: Paquita, desfigurada, había caído inconsciente. Al lado, a unos cuantos metros, entre las cenizas y ruinas, la estufa relucía al sol, ennegrecida, impregnada por el humo.lloraba su desgracia. Desde ese día dejó de llamarse Pablo para convertirse en El Loco.Un mes más tarde, en un día gris, Polo el loco, pensó que si mezclaba el pesticida para matar la yerba mala con ron, tal vez pudiese dormir mejor y soñar con Paquita. Así lo hizo y no despertó.
Pasaron los años. El progreso llegó a la comarca más rápido de lo que se esperaba; acueductos y alcantarillas, alambres y postes eléctricos se notan por doquier. Ya nadie precisa del pozo viejo, está reseco, y donde antes florecía el tabaco, ahora relucen urbanizaciones, y alguno que otro pastizal con unas cuantas vacas. Dice la gente que a eso del mediodía, se ven dos palomas revolotear por el caminito que lleva hacia el pozo, y, a veces, cuando sopla el viento del Este, se puede escuchar el eco de un grito doloroso:
"¡Paquitaaa!"

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