CUENTOS BREVES

El expatriado (In Fraganti)
Era uno de esos boricuas trotamundos que vagaba por la cosmopolita ciudad de Madrid y que por las noches se iba a la cama a soñar con plátanos, carne de puerco asada y alcapurrias. Desde el Parque del Oeste al  del Retiro se le veía caminar y confundirse con los miles de turistas que a diario abarrotaban  las calles. Por las tardes cenaba en un reducido café,  siempre esquivando a algún estudiante puertorriqueño.
     El senador del verbo florido y refranero por excelencia, como le llamaban, don Gregorio Goya y Rivera se hizo errante por un  limitado descuido. Solterón empedernido buscaba con mucho afán una esposa para salvar su reputación, pero sus exigencias eran tan altas que no la encontraba. Una vez, en plena campaña  el partido le había dado toda su confianza y hasta se mencionaba que ocuparía la Secretaría de Estado si ganaban las elecciones.
     Un día se celebró una convención en un famoso hotel de la capital. Don Gregorio olvidó poner en su puerta el letrero de no interrumpir y la mujer que hacía la limpieza de su cuarto, entró y lo agarró en fraganti con las manos en aquello que hace al hombre macho, mientras espiaba a las turistas en bikini  que se bañaban en la piscina. De ahí a “Que bochinche”, programa de televisión notorio por sus chismes políticos y faranduleros, sólo fue un paso, y el suceso se regó como pólvora. A don Gregorio no le faltaba dinero, por supuesto, sus miserias eran espirituales, y el senador refranero se marchó para España solo, triste y muy avergonzado. La sociedad que tanto lo alababa ahora lo condenaba en nombre de la moral más puritana.
     Sacaron una plena que se hizo muy popular, y, dondequiera que el pobre hombre iba, parecía que estaba condenado a oírla.
 “En el cuarto de un hotel
en calzoncillo y franela
encontraron a Goyito
jugando con  la Manuela”.
      Pasaron ocho años, dos cuatrienios de ausencia de su amado terruño. Un día, en un Café tablao de Madrid,  se encontró con un ex-gobernador que le decían “El Gallito”, muy amante de lo español, y éste lo invito a ver su casita en Segovia. Se  aventuró a ir con él. Fue un viaje maravilloso. El automóvil cruzaba los soberbios montes de Guadarrama. A veces se encontraban con un carro con su hilera de mulas tordas y un jovial arriero y eso le traía a la memoria la cuesta del farallón de su pueblo. De cuando en cuando pasaban rápido por delante de casitas de campo las cuales comparaba con la de su verde arrugado monte allá en la sierra de Cayey,  suspiraba y decía: “¡Ay, mi Collores!”
     –Debería usted volver, don Goyo. Allá nadie se acuerda de su infortunio, y además todo ha cambiado. Ahora con eso del reggaeton  y lo que le pasó a Clinton, a nadie le importa la vida sexual de nadie – le aconsejaba el “gobe”.
     Alentado por esas palabras, creció en él el deseo de volver. Ya no aguantaba más la nostalgia. Por fin  llegó el momento de retornar a la Isla, y esa misma noche cogió un avión para San Juan, vía New York. Le temblaban las pantorrillas mucho antes de que viera tierra. Volvía, volvía a casa. El corazón se le quería salir por la boca. ¡Qué emoción!
     Goyito tenía pensado, tan pronto pisara el aeropuerto, visitar una cafetería, y pedir un yaucono expreso y un media noche. Agarró su bolso y esperó su turno para salir del avión.   Caminó un rato embelesado al ver los grandes cambios efectuados  en el aeropuerto Luis Muñoz Marín, cuando de pronto vio a un maletero desocupado, lo llamó y le entregó sus maletas. El muchacho, contento, le dijo bienvenido mister, y mientras montaba las maletas comenzó a cantar algo que sacó de su ensueño al ex-senador:
 “En el cuarto de un hotel...”
     Nunca salió del aeropuerto. Giró en redondo. Sacó otro boleto de vuelta y se fue para España en el primer avión que salía, donde se le ve merodear por el Parque del Retiro, y soñar con alcapurrias, café colao y pasteles de yuca.
Glosario:
Boricuas= puertorriqueños
Alcapurria= fritura hecha con masa de plátano y yautía
Plena= música tradicional de Puerto Rico
Collores= barrio del pueblo de Juana Díaz inmortalizado por el poeta Luis Llorens Torres en su poema “EL valle de Collores”.

La cajera

*Publicado en la revista mexicana Destiempos, 2008

Señora psiquiatra, dígale a ese fiscal que no fastidie tanto, que para Juan Cervantes, y ese soy yo, eso de que ustedes las mujeres hayan sido sacadas de la costilla me parece muy raro, como que hay algo detrás. Aunque a veces tengo la sensación de que a Eva se le cortó el rabo, y de ese rabo fuimos formados nosotros, los hombres. Yo, con mis treinta y tres años, le digo que soy de los que piensan que hasta que Dios no venga a este mísero valle de lágrimas en forma de mujer, seguiremos siempre en el caos. ¿Y si Dios fuera femenino? Tal vez le suene irreverente, pero le digo que Jesús, como hombre fracasó; si volviese como doñita de seguro triunfaría, se lo aseguro. A lo mejor lo ponen a anunciar la Coca – Cola. Además, eso de que ustedes son la causa del mal, es una falacia creada para distorsionar la verdadera realidad. Mire, Adán y Epimeteo no eran más que dos imbéciles dormidos en el limbo de la masturbación. Juan Cervantes le asegura a usted que el futuro es femenino, ya lo verá. La era de la sensibilidad será de la mujer y el mundo podrá cambiar.
¿Ha leído a García Márquez? Si no lo ha hecho, hágalo. Él escribió un relato sobre una mujer muy bella, “El avión de la bella durmiente”, así se titula, y comienza de una manera exquisita, hasta me lo sé de memoria, escuche: “Era bella, elástica, con una piel tierna del color del pan y los ojos de almendras verdes, y tenía el cabello liso y negro y largo hasta la espalda, y una aura de antigüedad que lo mismo podía ser de Indonesia que de los Andes ...” Y era que él hizo un viaje a Europa y en el avión, a su lado, dormía una hermosísima joven, buena hembra, de esas que uno pondría en un altar y le dan ganas a uno de brincarle encima y comérsela a pedacitos , y que se vayan al diablo los cánones sociales, pues de alguna manera sublime y racional hacen que nos excitemos. La cosa es que al Gabo (¿Era él? ) se le hacía difícil apartarle la mirada; y yo lo comprendo, y a la misma vez me pregunto: una mujer hermosa, ¿qué tiene? Se dice que es lo más subliminal que Dios creó. Inclusive, en la Biblia se menciona como algunos ángeles, al ver la hermosura de las hembras de la Tierra, bajaron y poseyeron sus delicias y encantos. Yo no sé, pero para mí, y yo sé que para otros, la única diferencia que tiene la mujer es su naturaleza sexual, tan profunda y enigmática; en todos lo demás son igualitas a los machos. Y si algo nos iguala es un trasero. Cuantas veces nosotros, los supuestos llamados hombres, nos hemos extasiado al ver de pronto una femenina que nos cautiva con su porte, su presencia y belleza , y no nos queda más remedio que, con disimulo, contemplarla, mientras se nos caen las babas. Así me pasó a mi cuando ví a la cajera, mi bella despierta...

Juan entró a la fila de pago. La observó embelezado. ¡Qué silueta de hembra tan perfecta! No le sobra ni le falta nada. De manera instintiva y mecánica, atendía a los clientes. Era hermosa y esbelta, de rostro ovalado, maquillada y con unos labios pintados de carmín fresa; sus ojos color violeta parecían salir del cielo, y su pelo azul negro resplandecía como una noche estrellada. Metáforas gastadas me dirá usted, y tal vez le doy la razón, pues quién sabe si usaba lentes de contacto y se dio un tinte en el pelo. Pero la cosa es que debajo de su blusita sexy se detallaban unos senos pequeños, redondos y puntiagudos como dos tortolitas en espera. “¡Ah, tus dos pechos, como gemelos de gacela, que se apacientan entre lirios”, exclamaría Salomón si la hubiese visto. En fin, era ella una obra maravillosa de la ingeniería natural. Mientras la observaba, sin ningún descaro, me ardía entre el instinto y la sensibilidad. Lo que se ve es un cuerpo, pensaba Juan, un estuche parecido a otros millones de estuches, en este caso, más saludable y figurado, que abundan por todo el planeta. Ahora mismo en el pueblito cercano debe de haber otra. Lo que importa es saber que es lo que hay dentro de ese estuche; ¿cómo piensa y qué siente?, ¿cómo sería ser su amigo?, ¿cuál será su estilo de vida? Y pensar que si ahora ocurriese un terremoto, nada de esa exterioridad de maquillaje que la envuelve, y ni esa blusita sexy le serviría de nada, y que suerte la de no estar en la isla Tana en el archipiélago de Wanatu,donde las mujeres se cambian por cerdos. Hablo como humano y le digo que es igual que yo en todos los sentidos y aspectos, excepto su naturaleza física, y, tal vez, claro está, su personalidad, pues cada ser es un universo aparte, pero no por eso dejo de fantasear, sería tan maravilloso. Juan miraba a los otros hombres que se acercaban a la caja para pagar. Unos la miran de ladito, con el rabo del ojo; si son casados, deben de estar sintiéndose culpables y pensando en su ministro o pastor; o tal vez en lo que la Biblia dice, sobre no desear la mujer del prójimo. No hay duda de que el sexo es fuerte, pero es secundario al hambre, tanto de comer como a la espiritual, la de amar sin interés y sin pretensiones, con respecto a la dignidad humana. Sí, de verdad que está precioso el estuchito que lleva ese espíritu; es un ser singular y tan original como ella misma. Es un icono, tan especial, tan lejano y tan cercano como lo es también la señora regordeta que está detrás de mí, o el ancianito aquel que se tapa bajo el paraguas, o la chica aquella que aguanta un bebé entre sus brazos. Para mí, yo no sé si para usted, señora frenópata, pero lo mejor que hizo Dios fue sin lugar a dudas, un día tras el otro, lo más maravilloso el amor, lo más bello la juventud y lo más original usted, digo la mujer. Pero ya eso está escrito, y yo no lo repetiré. Claro, al pasar de los años para que todo siga igual, cambiamos a la mujer por la ternura y los hijos; de la juventud no nos queda más que la sonrisa (sin dientes), y si acaso la vida nos ofrece otro día, lo aceptamos con resignación, pues mientras el alma dure, hay que seguir con lo único que nos dejó Pandora en su cajita: la esperanza.

Pagué mi artículo, una baratija que Juan escogió al azar, cuestión de disimular, usted sabe. Ella me dijo, “muchas gracias”, pero no me miró. ¿Me puede creer, doctora? Yo apenas murmuré algo ininteligible, el corazón me pesaba y sentía que un inmenso túnel oscuro me tragaba. Al salir de la tienda, vi que llovía a torrentes. Me detuve al lado del conserje de la tienda, en la acera, y le pregunté sin contenerme que si había visto lo hermosa que era esa cajera, y me miró asombrado de que estuviese hablando con él, y mientras se doblaba para raspar un chicle en el piso, le dice a Juan:
―Hay que tener cuidado, pues las mujeres enferman a uno.

De pronto Juan y yo, nos fuimos, corrimos bajo la lluvia hacia mi auto. Una vez adentro, él encendió el radio y yo cerré los ojos. La canción que escuchaba era la de Sabina, y Juan comenzó a cantarla, “Si yo fuera mujer...tendría que empezar por abrir del todo el telón del fondo del mito virginal …” Después, creo que me quedé dormido por un rato. Un oficial de la policía me despertó al golpear el cristal de la ventanilla. Luego el cielo se tornó azul claro con sólo unas nubes desparramadas, pero yo seguía allí y lo veía gris. ¡Ay!, doctora, si la cajera le hubiera sonreído a Juan con una de esas sonrisas con brillo como sólo ustedes las mujeres saben dar cuando se enamoran, esta historia sería de otra carne, y yo no estaría ahora aquí contándole esto a usted, pues yo estaría dentro de un universo que está dentro de otro universo, que a la vez está contenido dentro de otro universo, que a su vez... ¿Ah, no me cree? Pues sepa bien que de asesino no tengo un pelo, y además, por Dios, ¡soy un simple profesor de literatura!

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