Entramos al basurero y entre los escombros, tirado en un rústico colchón, lo encontramos acurrucado. Con sus ojos sonrientes y estrellados no paraba de darnos las gracias y nos decía que hay que ser positivos; y qué si no podía tener casa, ni pasear en un coche, ni hogar estable, ni podía tener hijos, ni casarse, ni formar una familia, ni dormir cómodo de noche, …ni mascar un "happy cacth" de colores; pero a él eso ya no le importaba, y casi cantando, al soltarle la soga que lo apretaba, terminó diciéndonos lo bueno que sería al menos tener la pancita llena, no sentir dolor ni frío y de vez en cuando sentir alguna que otra cosquillita en la barriga…
¡Ay!, qué será de mi cuando ya no tenga huesos ni palabras... Me desperté, y al querer estirarme para aflojar las coyunturas, no pude hacerlo. Traté con esfuerzo de desplegar mis brazos hacia los lados, mientras intentaba abrir la boca, pero no pude moverme ni un centímetro. Me sentí como un charco sobre la cama, con los ojos bailándome en las cuencas, y la piel, puro pellejo. De pronto una risa hueca me sorprendió, y veo, lo que parecía ser mi esqueleto apoyado en la pared; y éste, de manera cínica me dijo: —Sin mí no puedes hacer nada, ¿verdad querido? —¿Pero qué haces ahí?, pedazo de huesos —le dije. Le ordené que volviera, pero el muy condenado se negaba. —Hoy es tu día libre y yo me encargaré del quehacer de la casa —me dijo con ternura. —¡Ah, sí!, ¿y cómo te las arreglarás sin mi cerebro, pedazo de fósil? —Yo también tengo mis sesos, mijito, por si no lo sabías, es una copia virtual del tuyo. Respiré su soberbia. No me quedó otro remedio que aceptar su individual...
uf, fuerte...
ResponderEliminarcuantos animales sufren ese abandono!
abrazo amigo