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Carta para el Señor Cardenal




A Enrique Vila Rosado

Su Estimada, Reverendísima Eminencia Señor Cardenal:

Me llamo Casimiro Pascual De la Torre. El motivo que me obliga a escribirle a usted e interrumpir su sagrado y laborioso día, es que tengo problemas con mi señora por causa del nuevo párroco de la capilla de Monte Arriba. Ella, mi esposa, se llama Margarita Figueroa, y también es una fiel y devota católica, apostólica, romana como yo. Resulta pues, déjeme decirle, su reverendísima, que desde pequeño he dedicado toda mi vida a llevar el catecismo a mis hermanos. Muchas hostias por mis manos han pasado, que yo mismo preparaba en la tostadora del padre Robino, y que por supuesto, han tomado grandes personalidades de mi pueblo, desde luego, personas ya consagradas al servicio de la voluntad de Dios y María. Son pocos los sacramentos que me quedan por tomar, y espero que el último sea el de la extrema-unción, cuando mi alma se decida partir hacia la eternidad y así poder encontrarme con todos los santos de mi devoción, y espero que sea el padrecito Robino el que me la dé.

Señor Cardenal, para mi es un gran honor haber sido proclamado diácono de la parroquia María De Los Vientos, pues en ella hice mi primera comunión, fui cursillista y dirigí muchos retiros matrimoniales, y este año pienso irme de vacaciones a Jerusalén, pero primero iré al Vaticano para poder ver la santa cede y disfrutar de la misa papal dominical. Además, todos los domingos, después de la misa, me dedico a llevar a un grupo de hermanos feligreses a la montaña santa en Juanajuate, cerca de la capital, y nos hemos impuesto la meta de rezar cinco rosarios en tan sólo tres horas.

Bueno, lo cierto es que mi esposa y yo hemos compartido en las actividades de pastoreo parroquial. Todo nos marchaba al dedillo hasta el día en que llegó el nuevo párroco a ocupar la capilla del Nonato, situada en Monte Arriba, barrio cercano al mío. Esa iglesia la administraba, digo, perdón, la pastoreaba un sacerdote capuchino, de la orden de los descalzos, muy buena gente él porque era bastante feo, pero no sé por qué se lo llevaron a otro lugar. Bueno, lo cierto es que ahora éste nuevo padrecito, llamado Rosendo Rivera, que también es de los descalzos, ha cambiado las cosas, ya que según se dice, es amante de la nueva teología esa de la liberación. Pues, sucede que mi esposa se enteró del nuevo padrecito y ahora resulta que le gusta mucho ir a sus misas. Le confieso, señor cardenal, que los celos me consumen, pues también para colmo ese padrecito es joven y muy guapo, y Margara esta fascinada con él. ¡Ay!, mi Margarita es otra y ya no me cocina los amarillitos en almíbar, como solía hacerlo antes, sino que ahora, encima de hacerlos de otra manera, los coge y se los lleva al padrecito ese! Señor Cardenal, nos estamos divorciando, y todo por culpa del padrecito ese. Me duele mucho que tenga que romper el santo sacramento del matrimonio, pero ya no puedo más. Ya no rezamos el santo rosario juntos, ni ella va conmigo a la iglesia del padre Robino; prefiere ahora ir a limpiar la oficina del padrecito.

Señor Cardenal, ¿qué usted me aconseja, por favor? Ya van más de dos años que estamos separados. La semana santa ya no es la misma y la cuaresma es una agonía, respiro triste y solo.

Adjunto le incluyo mi dirección, teléfono y fax de la parroquia. Necesito su consejo espiritual. Le pido su bendición.

Muy servicialmente de usted queda,
Casimiro Pascual De la Torre

P.D. Si fuera posible déle una asignación especial a ese padrecito, me haría usted un gran favorcito. Envíelo a Centro América, ya que él está muy preparado para atender asuntos relacionados a la teología esa de la liberación, y allá hay mucho catecismo de guerrilla. Bueno, desde luego, esto es una sugerencia amorosa… como usted ve, le envío un cheque muy sustancioso...píenselo bien.


©2008-Héctor Luis Rivero López

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