A simple vista parecía una aparición de la Virgen. La brillantez en su cabeza y el manto azul que la envolvía hicieron arrodillar a más de un curioso. Algunos juraban milagros. Lo que nadie sabía era que Ambrosio, cansado de su monotonía sexual, arrojó a lo más profundo de la gruta la muñeca inflable, ya que su tiempo había concluído.
¡Ay!, qué será de mi cuando ya no tenga huesos ni palabras... Me desperté, y al querer estirarme para aflojar las coyunturas, no pude hacerlo. Traté con esfuerzo de desplegar mis brazos hacia los lados, mientras intentaba abrir la boca, pero no pude moverme ni un centímetro. Me sentí como un charco sobre la cama, con los ojos bailándome en las cuencas, y la piel, puro pellejo. De pronto una risa hueca me sorprendió, y veo, lo que parecía ser mi esqueleto apoyado en la pared; y éste, de manera cínica me dijo: —Sin mí no puedes hacer nada, ¿verdad querido? —¿Pero qué haces ahí?, pedazo de huesos —le dije. Le ordené que volviera, pero el muy condenado se negaba. —Hoy es tu día libre y yo me encargaré del quehacer de la casa —me dijo con ternura. —¡Ah, sí!, ¿y cómo te las arreglarás sin mi cerebro, pedazo de fósil? —Yo también tengo mis sesos, mijito, por si no lo sabías, es una copia virtual del tuyo. Respiré su soberbia. No me quedó otro remedio que aceptar su individual...
jajaja.... el que busca un milagro lo encuentra...!! jaja
ResponderEliminarAupa Héctor!!
ResponderEliminarGran micro!! muy bueno!
Yo no sabía muy bien como encajar la frase de inicio y fin, pero bueno, hice lo que pude, jaja.
Abrazos hinchables!!