AMIGOS DE LO BREVE

miércoles, 17 de noviembre de 2010

SPATIOR

Cuando tocó a mi puerta presentí que no eran buenas noticias.  Con su dulce mirada  entró sin vacilar, como si fuera la dueña de la casa. Como optimista que soy, me preparé para lo que vendría. Después de los cincuenta nada nos espanta.

Ayer decidí llenarme de valor y decirle lo que sentía. “No permitiré que arruines mi vida, dulce dama. De ahora en adelante se te hará muy difícil acercarte a mí y no podrás jamás controlarme”. La mirada fija de sus ojos melosos y una sonrisa de Gioconda me dijeron sin palabras: ¡Ya no escaparás a mi embrujo!

Le dije adiós y me despedí con la cabeza en alto, sin mirar hacia atrás, y al ritmo del jazz comencé a caminar. De las paredes brotaron una docena de mariposas que se desplegaban a mi paso; su revoloteo avivó mis ansias de vivir. La cabeza se me alborotó con los recuerdos: De todos los colores las mariposas son; hay blancas y amarillas, azules y marrón. ¿Qué será de mi primera maestra? La recordé alta y flaca como un palo de escoba. En las fiestas nos regalaba una bolsita de dulces y siempre nos advertía sobre lavarnos los dientes antes de ir a la cama...

Anduve y el camino se hizo. Mi primer encuentro fue con el arlequín de la rosa roja. Una vez me vio pasar, se salió de su marco y me siguió. Con él me entretuve y jugué a las adivinanzas.

─En una caja hay cuatro gatos, cada gato en una esquina de la caja y cada gato dice veo tres gatos ¿Cuántos gatos hay en total? Adivina adivinador.
─ Cuatro gatos, hombrecito.
─ ¡Increíble! ¿Cómo lo sabes?
─ ¡Ah, por favor! ¿Me crees estúpido? Hasta la vista, amigo.

El hombrecito, vestido con un traje lleno de parches en forma de rombos brillantes, era como un niño malcriado y caprichoso y me rogaba que me quedara. Mas no me detuve, no podía permitir que las veleidades de la vida me distrajeran.

Guiado por una mariposa de alas amarillas, caminé a paso firme. Me encontré con el Ángel de la Inocencia. El lepidóptero se posó en sus manos de porcelana. Mi paz se recreó. ¿Para qué preocuparme tanto? Allá el médico que se preocupe por los números, el peso, estatura y toda esa vaina, me dije. Como pequeñas abejitas y gusanitos en la hierba, damos miel y seda. Un día aparece un pajarraco negro y nos come. Y todo parece terminar ahí, pero no es así. Ese pajarraco, tarde o temprano nos cagará. Y seremos mierda. Es en ese momento cuando nos purificamos para volver a nacer y...

“Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Llegué a la arboleda. ¿Será el bosque mágico?, me pregunté. Entré por una vereda de barro anaranjado forrado de flores violáceas. A cada paso los árboles se hacían más grandes y el cielo se forró de verde. Me detuve. El canto de una bandada de pájaros deleitó mis oídos como una sinfonía de Mozart. Fascinado, seguí hacia adelante. Me abrí paso entre los inmensos matorrales. De pronto escuché el sonido de agua que caía, tal vez era una cascada, pensé. Con sumo cuidado entreabrí las hierbas altas y ante mí se dibujó la más hermosa escena que hayan visto mis ojos: ¡Era una ninfa taína!** "Ella se bañaba en un río impoluto..." Estaba desnuda, sumergida en el agua hasta las rodillas. El sol iluminaba su cuerpo y el viento agitaba su cabello azabache. Sus curvas resbalaban por mis ojos y al ver sus pechos erguidos, mi aliento se entumeció. Pareció que escuchó mis suspiros, pues sorprendida se asustó ante mi invasión; pero pronto se calmó, me miró con unos ojos de avellana que me castigaron, y sonrió; levantó su mano derecha y con su dedo índice me invitó a que la acompañara. Yo tenía la boca abierta y el corazón acelerado,  traté de moverme y alcanzarla cuando…

- “Time out”! - gritó mi esposa y terminé mi caminata doméstica. La música cesó.

– Si ejercitaras más a menudo así, de seguro lograrás controlar esa diabetes cariño, ya lo verás –me dijo mi ella, y me tiró una guiñadita.


* palabra en latín que significa dar una caminata.
** mujer nativa de Puerto Rico antes de ser colonizado.