AMIGOS DE LO BREVE

sábado, 23 de octubre de 2010

LA ESPOSA


El anciano se subió al autobús con bastante esfuerzo. El conductor le preguntó si se sentía bien y él balbuceó algo sobre que no había problema alguno. El hombre agrandó los ojos e hizo una mueca, como diciendo no quiero líos en mi bus. El viejo se sentó en el asiento asignado para impedidos, contiguo al del chofer. Eran las ocho de la noche, y a esa hora la ruta casi siempre estaba desértica. Solo había una pasajera sentada en el asiento trasero. Era una chica bella de ojos relucientes que sonreía dulcemente. Al instante el viejo comenzó a hablar de su esposa:

―Mi esposa ha muerto, pobrecita, apenas se movía; si caminaba tenía que medir sus pasos…Mi esposa, ¡compañera por cincuenta y tres años! Yo me levantaba primero y le preparaba el desayuno, luego le daba comida al perrito…¡Ah, el perrito! ¡Ella adoraba el perrito! Yo detesto los perros, pero las esposas son las patronas de nuestras vidas…Mi esposa esta muerta, pobrecita, la diabetes y el cáncer me la llevaron…Yo no lloro con los ojos sino con el corazón. No, no crea que soy bebedor, me tomo solamente una botellita de whiskey así de pequeñita para ayudarme a mitigar el dolor, eso es todo, yo no soy bebedor...

Por un momento el conductor intentó decirle que se callara, pero un sentimiento de compasión se lo impidió. El anciano continuó con su monólogo quejumbroso, mientras que la joven bella, de ojos relucientes, lo observaba sonriente.

―Mi esposa, usted sabe, compañera por cincuenta y tres años, todo mi universo y mi razón de ser. Yo voy a comprarle queso blanco, pues a ella le gustaba mucho, y me he acostumbrado a llevarle un pedacito todos los viernes, y hoy es viernes, ella se me fue un viernes…

El autobús hizo su última parada frente al centro comercial.

―Señor, hasta aquí hemos llegado, vaya usted con Dios ―dijo el chofer, después de bostezar.

Al apearse, el viejo tambaleó un poco, pero no por eso dejó de decir "gracias" con una afable sonrisa. La muchacha también se bajó en la misma parada y caminó detrás del anciano. Cuando éste iba a cruzar la calle, lo tomó del brazo, y acercando sus labios al oído, le susurró:

―Mi amor, he venido por ti, no sufras más.

Asombrado, al ver la cara de su querida esposa, idéntica a cuando eran novios, no vio que se acercaba un camión y el golpe fue mortal.