AMIGOS DE LO BREVE

jueves, 26 de agosto de 2010

ANTESALA A UNA APUESTA

Los boletos los encontró al lado de la puerta, en el piso, casi debajo de la alfombra: invitación para la gallera El Combate. No tenía remitente. Llamó a un taxi que lo llevó al lugar. Entró, y mientras caminaba, el corredor se le hacía largo e inmenso. Se sintió minúsculo, las paredes crecieron frente a él de una manera vertiginosa. Avanzaba, cuando al final visualizó una luz algo opaca y en medio de ella a dos sombras que se peleaban; eran dos hombres de aspecto muy primitivo, desnudos y ensangrentados. Aterrorizado ante tan dantesca visión, comenzó a escuchar murmullos y aletazos, y algo así como el chocar de picos. Despacio, levantó la vista hacia los banquillos. La algarabía se multiplicaba y un aletear de plumas y crestas paradas se dibujaban ante él. El horror aumentó y sintió la sangre congelársele en la venas cuando un gigantesco ojo circular y amarillo lo miraba lleno de glotonería y deseo. Se sintió como una cucaracha pegada al piso a punto de ser devorada, y aquellos ojos redondos no pestañeaban ni un instante. Quiso correr, pero se desmayó. No se acordaba de nada más, excepto que yacía en el suelo; su compadre le sacudía y trataba de despertarlo echándole agua fría en la cara. Al fin, tras de recuperar el conocimiento y sin chistar, se levantó apresurado, arrojó los boletos al piso y salió de allí como alma que llevaba el diablo, y sin voltearse. Desde entonces juró que jamás apostaría a los gallos.

MÁSCARA

Si apenas existimos y no vivimos lo que somos, no nos queda más remedio que soñar, columpiarnos en la fantasía y preparar los ojos para el golpe de un nuevo día que siempre parece el mismo y eterno en un circulo sin fin. Y ponernos la máscara.
Para volver a comenzar atados a la esperanza, escondernos dentro de un vaso de vino, en un buen libro, en una nube al pasar o quien sabe en que…
Por eso no tengo listas de cosas que quiero hacer o tener antes de partir, ¿para qué?
Las tendré allá, de donde vine y volveré, sin máscara.
Si un día de vida tan solo me quedara, pues como siempre he vivido así lo viviré; pero me entregaría más desesperadamente al amor...Soy como un poema de Neruda recitado por ti en una noche muy oscura…por favor no calles...

DULCE ESCLAVITUD

Por fin se retiró. Ahora podría realizar su más caro anhelo: tener una modesta y limpia casita en la ladera del campo, rodeada por un bello jardín e inmensos árboles que le dieran sombra. Tendría, a su vez, un gato enigmático y dormilón, y una súper biblioteca llena de libros de microrrelatos. Allí, en esa casita daría libre rienda a su egoísmo, sería libre como nunca antes. Atrás quedaría la esclavitud del amor y de la ternura, y ya sólo le importaría su libertad. Así se hizo.
Cierto día se levantó desolado extrañando un simple “gracias” y deseó ser de nuevo esclavo de la ternura, aunque nadie se lo agradeciera.