AMIGOS DE LO BREVE

jueves, 29 de enero de 2009

La bombilla



Recién casados, vivíamos hasta hace poco en una casa cómoda y amplia situada en uno de los sectores más progresivos y elegantes de la ciudad, en la calle La Luz para ser más preciso. Todo nos marchaba muy bien, nuestra rutina era tan normal y cotidiana como la de cualquier otro vecino, hasta que sucedió algo que nos cambió la vida…
Esa mañana, Lucila, mi esposa, limpiaba la lámpara del cuarto y al tocarla se fundió la bombilla. En ese mismo momento tocaron el timbre de la puerta, y para sorpresa de ella, era un pregonero.
—Hola doñita, me llamo Baphomet y vendo bombillas.
—¡Oh, pero que coincidencia, justo lo que necesitaba!
—Son de larga vida, señora, nunca más se le fundirá.
Cuando llegué a mi casa, después de un día agitado en la empresa de seguros, Lucila me dio la noticia muy contenta, pues según ella había comprado una de esas ampollas homologadas que ahorran energía y no cansan la vista.
—Muy bien, querida, es tu reino y tú lo manejas —le dije sonriente, mientras le tiraba una guiñadita.
Esa noche, cuando entramos a nuestra habitación, un fuerte olor a cloroformo nos golpeó en la nariz, y, al encender la luz, presentimos que alguien había estado allí. Nos miramos extrañados, y con mucha precaución, tomados de la mano, salimos presurosos. Una vez en la cocina, agarré un bate enorme que había guardado desde mis años mozos, le dije a Lucila que buscara el teléfono por si acaso ocurría algo y me dirigí de nuevo hacia el cuarto. Caminé despacio hasta llegar al closet, lo abrí de sopetón y para mi alivio no había nada. Suspiré y llamé a mi esposa. Reconfortados, nos reímos un rato; y cansados, decidimos irnos a dormir.
No hizo Lucila más que levantar las sábanas, cuando de pronto surgió de entre ellas el espíritu de mi suegra desencarnada. Se lanzó al piso y comenzó a dar vueltas a nuestro alrededor, mientras vociferaba una serie de palabras incoherentes. De inmediato otras sombras salieron por debajo de la cama para luego desvanecerse en el aire como pompas de jabón. Una de ellas se acercó a mí; yo sentí que me ahogaba, como si me estuviera muriendo, sin poder mover ni un músculo del cuerpo, tan sólo emitir sonidos guturales. Unos momentos después, nos vimos flotando en la habitación, y a pesar de estar la puerta cerrada, pudimos ver el corredor con todo lujo de detalles. Yo intenté atravesar la pared para llegar a la casa del vecino, pero me fue imposible, así que los dos tratamos de explorar nuestra propia casa mientras nos escuchábamos pidiendo auxilio cuanto más nos alejábamos; pero eso no nos preocupaba, puesto que sentíamos una gran sensación de libertad. Al fin llegamos a la sala y allí estaba mi difunto padre, acostado en la alfombra; le cogí del brazo y lo llamé, pero él no pudo escucharme y simplemente pasó a través de mí, y sólo me dijo:
—¡Por favor, apaga esa luz!
Lucila me miró asustada, miró la alfombra, volvió a mirarme, y después de largo rato de asombro, se calmó. Sonrió y tomó entre las suyas mi mano, temblando. Apagué el interruptor, pero para mi horror, la bombilla siguió prendida; y a cada segundo el cuarto se llenaba de espectros que brotaban de la nada. Corrí y desconecté los cables de la caja de seguridad, pero aun así no se apagaba. Desesperado busqué un martillo e intenté golpearla para hacerla pedazos, pero éste rebotó como si fuera un boomerang. La luz se hacia más incandescente y casi nos quemaba. Vencidos, abandonamos la casa temprano en la mañana y al cerrar la puerta un resplandor la cubrió. Atontados, llegamos a toda prisa a este motel. No encendimos la lámpara...
Hoy, al despertarme, noté que Lucila me miraba estupefacta y trataba de decirme algo.
—¿Qué te pasa Lucy? , dime, por favor… —le pregunté, angustiado.
Ella agrandó los ojos y toda temblorosa me dijo:
—¡Ay, Luzardo!...esto...esto no es un motel…
— ¿Qué dices?
—Es una funeraria y se llama Baphomet…
Entonces caí en cuenta: cuando entré a la cocina a buscar el bate sentí un leve olor a gas, pero con la confusión lo olvidé…
Ahora somos caminantes en la luz, y aunque estemos muertos, también soñamos.

La foto*

"Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso".

El día en que se lo llevaron lo contemplaba desde la ventana. Él recogía unas rosas en el jardín. Se veía tan bello y tranquilo que saqué mi cámara para tomarle un par de fotos. De pronto llegó un carro patrulla y se bajaron dos hombres altos con trajes negros y sombreros metálicos. Lo tomaron por los brazos y levantándolo del suelo como si fuera un saco de plumas se lo llevaron. Parecía un niño entre dos gorilas. Grité indignada y corrí. Pero fue en vano. Pocos metros antes de llegar a él para protegerlo, lo metieron al auto; apenas pudo dar vuelta a la cabeza para mirarme. Enfoqué mi cámara como último acto de voluntad. En el momento en que disparé, sonrió como sólo puede hacerlo un ángel. Sus ojos grandes parecían decirme "no te preocupes, todo va a estar bien". Y desapareció como una sombra dentro del Lincoln.
Mi mente entendía la tragedia aunque su expresión inundaba mi corazón de paz.
Y ahora me encuentro aquí, ofuscada; parada en la acera con la nariz pegada al cristal del escaparate de esta librería de libros de ficción. Trato de recordarlo mientras miro la foto de un diario amarillento del 21 de marzo de 1937. Bajo el titular ¡Abajo los asesinos! hay una fotografía que muestra a dos polizontes que sujetan por las manos a un hombrecito extraño que sonríe con dulzura. Más abajo, en letras pequeñas unas palabras: masacre de Ponce. Algo en ella me intriga. No sé si es que se me hace difícil comprender, o es que no puedo recordar. Es como si yo misma hubiese estado allí en el momento en que dispararon la cámara.
Llevo en este lugar un largo rato, tal vez toda mi vida, no sé, ahora escucho un sonido; algo como un zumbido. Y me doy cuenta de que soy una anciana. De pronto siento una vibración bajo la piel de mi muñeca derecha. Escucho un sonido agudo y pausado, y una lucecita roja intermitente me alumbra la cara. Sus autos blindados me rodean. Se me hace imposible entender lo que gritan. Imagino que me llevarán de regreso al sanatorio.
Miro por última vez los ojos tristes del hombrecito de la foto. ¿En cuantas escenas de matanza y desastre has estado sonriendo dulcemente, pequeña criatura? No puedo recordar quién eres. Me pregunto por qué siento que te veré pronto en un lugar donde aunque hubiese enemigos, el amor nunca desaparecería.
*En enero 2005 este cuento fue usado para escribir un guión por Kenia H.M., de Venezuela.

Carta nunca enviada

Amor Mío:
No existe un adiós y un hola: te prometí que lo haría, y ya ves, te saqué de la prisión de cristal, aunque ahora pago mi precio; pero no importa, reina mía, sólo tú, Dios y yo sabemos la verdad, y ni pito ni flauta me importa que para estos bembos de perro vestidos de blanco, pero con alma negra, me retengan aquí. Por lo menos, hoy me han dado un bolígrafo y unas cuantas hojas de papel, y enseguida corrí a escribirte. Pobrecitos, yo de lo más feliz, y ellos, todos, empecinados en que estoy loco.
Mi niña, de vez en cuando mi vida es un escribir constante, y eso es tan natural en mí, como el respirar. Por eso, por lo de respirar es que avancé a escribirte, porque te amo, te extraño y deseo estar contigo; la vida se me hace tan cortita. ¡Ay!, amiga, te cuento que tan sólo dos cosas te darán resultados para realizar tus sueños, después de la esencial fe en Dios, y esas son: la verdad con amor y la locura sin mentiras, así a sangre fría. Mi amiga, yo te buscaba en mis ratos libres, en mis pensamientos y en todo mi ser; no para llenar mis vacíos, sino para darle paz a esta angustia loca de existir sin morir. Esta carta te llegará acompañada por una bandada de pájaros negros a tu ventana; en sus picos llevarán miles de páginas viejas y amarillas que nunca pude enviarte.
Sí, te quiero sin secretos ni deseos ulteriores, y sin ponerle sexo a la amistad. ¡Qué mejor química que este cariño que siento por ti! Pero ellos no entienden de amor, tan sólo de reglas, y es por eso que se ríen como hienas. ¡Qué van ellos a saber que la amistad trasciende al amor porque lo contiene! Pobrecitos, se mueren de miedo y se creen la gran cosa, como si cagaran perfume, cuando en realidad lo esencial no se mide, no se pesa, no se toca, ni se compra, ni se guarda. Todos somos humanos atados al mismo instinto, y maldita sea cuando leí “La Imitación del Cristo” en mi adolescencia, y en realidad ahora no soy más que un pobre lobo estepario sin loba, pero no, no puede ser, no resistiría más vivir para obtener tan sólo un pedazo de pan y un poco de vino entre cuatro paredes y un techo, no, no; me hacía falta un beso, y en ti lo encontré tan dulce, tan tierno y tan sincero. ¡Me importa un comino los demás! Lo que vale es el compromiso y la sinceridad. Lo que nos duele nos enseña y nos lleva a comprendernos en plenitud. El amor no nos posee. Es cierto, que a veces queremos escapar de sus garras, pero siempre terminamos vencidos y rendidos a sus pies. Porque aunque duela, no existe nada como el amor, excepto la locura divina. Si se ama, se pelea por lo querido, y yo luché por ti. Contigo supe que la cosa no es irse de parranda ni pasar las noches de cama en cama, aturdido por el ruido infernal de la conciencia y del éxtasis del vino. Lo que da felicidad, es lo que nunca hemos visto ni veremos y está corazón adentro. Lo demás, mi amor, es viento que sopla. ¡Si te digo, que están todos muertos con sus manos en el bolsillo, y que dan vueltas en la ruleta rusa del dinero! ¡Qué van a saber de amor!
Amiga, en alguna parte del universo estoy yo, búscame. Estoy entre la multitud, con aquellos que nunca han sabido lo que es un beso en una tarde tranquila y azul, llena de sosiego y plenitud. Estoy también entre aquellos que se ven precisados a esconderse tras las máscaras de la yoidad absurda, y que tienen un reloj caro en las manos, pero que se percatan poco a poco, que sus fluidos cerebrales se dilatan, mientras sensaciones atrasadas nublan su presente. Estoy entre esos a los que siempre se les oye decir "si hubiese amado" y a los que ahora tan sólo se les ve con las manos en la frente para darse golpecitos de consuelo.
Amiga, estoy cansado, me han inyectado otra vez para calmarme. La verdad, que este cuerpo tan sólo es lodo. Quiero te me cuides mucho. Aunque no estaré contigo, búscame en cada lucero que vean tus ojos. Escribo esta carta en mi propia piel y la arrojaré por la ventana, y tal vez un unicornio azul, con alas doradas, ojos verdeados como los tuyos, la recoja y te la lleve envuelta en ensueños de amor y dicha. ¡Qué te digo que son unos bembes de perro muerto! Todavía me observan como si fuera un bicho raro, y se mofan de mí al decir que tan sólo soy un enfermito. ¡Tontos, cerdos, ya quisieran ellos tener una novia como tú! Total, no les hago caso, volteo la cara, sonrío, cierro mis ojos, me lanzo hacia donde no existen espacios ni tiempo, pues sólo un bolígrafo me basta…¡allí te espero!

Tu amado Antonio

Despedida

Dicen que el amor es ciego y la locura siempre lo acompaña. Eso es erróneo: lo que es ciego es el apego.
Allí estabas, cavilando en la segunda mitad de tu otoño, en medio de la oficina amplia y cómoda, como un pájaro enjaulado; sintiendo y pensando como millones de seres en este mundo, disueltos en la masa, pasando por la vida sin dejar huellas; haciendo simplemente tic-tac como el viejo reloj en la pared. Y allí, siempre allí, sumergido en un sillón ejecutivo, contemplabas tu interior disiparse sobre la mesa gris de tu consciencia.
Un olor delicado de violetas frescas te hizo extrañar a Helena, la secretaria. Encima del escritorio, limpio e inmaculado, al lado de un frasco de píldoras antipsicóticas, un pequeño sobre color rosa te invitaba a que lo abrieras. Todo el espacio a tu alrededor se pintaba de rosa. Por un instante intentas abrirlo, pero te arrepientes. El miedo y la duda se apoderaban de ti. ¿Por qué ahora, cuando mejor te encontrabas? Habías, por fin, llegado al piso sesenta y seis, y ahora eras un hombre importante. La oficina era suntuosa, equipada con la técnica más avanzada del mercado. Aceptaste que tu trastorno esquizoafectivo era prolongado; conocías tus puntos fuertes y tus limitaciones, y tenías una rutina uniforme, regular y predecible. Era de esperar que ante una situación transida como esa, surgiera una recaída.
No, no abriste el sobre; esperaste a que él te llamara, como acostumbra a hacerlo todas las mañanas.
Y allí estuviste por un rato largo como jugando al gato y al ratón con tus pensamientos. Luego tus pies te llevaron hacia los cristales sombreados. No había ventanas abiertas y el aire acondicionado enfriaba más que otras veces. “Me estoy volviendo viejo y loco”, te dijo una idea revoloteando por tus neuronas.
En un intento para despejar la mente, apoyaste la cabeza contra el cristal sintiendo su frío en la frente. Afuera el sol estaría jugando con las nubes. Tus manos se enfriaban y te quedaste mirando hacia abajo por un momento, ensimismado. El árbol del estacionamiento se asemejaba a un paraguas en miniatura, siempre verde y abierto. Sentiste envidia de aquel árbol y por un instante quisiste ser tan inconsciente como él. De pronto un rayo furtivo de luz solar iluminó tu rostro y volviste la mirada hacia el escritorio. El sobrecito rosa te exasperaba. Entonces tuviste la extraña sensación de que ya lo estabas leyendo y te sentiste perdido dentro de los cristales . Hasta que te viste a ti mismo. ¿Eras tú? ¡Tantas veces quisiste ser diferente, sobresalir de la mediocridad que te rodeaba y lograr tus más caras ambiciones por encima de todo! Y ahora… ¿qué sentido tenía vivir?
Sonó el teléfono. Una, dos, tres veces. ¿Sería tu amigo o el jefe quien te llamaba? Regresaste al asiento, y al acercarte a contestar, casi instintivamente, tomaste el sobre y lo fuiste abriendo. Dentro del receptor escuchabas la voz de Raúl, tu jefe, con su tono de gerente general:
― Alou, Jorge te necesito ver en mi oficina, pronto.
Mientras leías la carta, la voz de Raúl te parecía lejana.
―Alou, Jorge , ¿me escuchas?
"Nuestro mundo se marchita…"
"Quiero luz, quiero vida..."
―Ya voy.
"Lucho por los dos"
“Ya no te amo…me marcho”
Esteban
Colgaste el teléfono lentamente, como si te pesara. Apretaste entre tus puños el pedazo de papel, te llevaste las manos a la cabeza, te inclinaste sobre el escritorio y lloraste como nunca en tu vida lo habías hecho.
***
―Pasa, Raúl te espera ―Luisa, la recepcionista, se notaba pálida―. Siéntate y tómate un café.
―No, gracias.
Has escondido tu coraje ante Raúl. Al entrar a su oficina no te sorprende verlo rebuscando tras los anaqueles; siempre te hace esperar. Pero esta vez, aunque disimula, parece totalmente indiferente a tu persona.
Y allí estuviste esperando por un rato. Entonces te pusiste a observar: sobre el escritorio de Raúl había una foto familiar, donde éste, diferente, sonríe como diciendo "soy un ejecutivo, modelo de felicidad conyugal". A un lado su señora, exhibiendo una sonrisa foto-forzada a lo "cheesse wik", dos niñas hermosas y un perro enorme completaban la foto. Después te fijaste en la pared llena de placas, lemas de productividad con imágenes de productos de la compañía y alguno que otro cuadro mediocre. Pero lo que más captó tu atención fue un pequeño librero que había en una esquina. Era un librero con puertas de cristal, herméticamente cerradas. Dentro de éste la imagen de un Cristo labrado en oro sobre una cruz de madera, le hacía muecas al aire, horriblemente contorsionado, como si se estuviera ahogando. De la cruz brotaban retoños de hojas verdes y encima del librero, junto a una tabla de estadísticas, había un programa de la misa pasada.
―Hola Jorge, perdona que me haya demorado, pero estaba buscando unos manuales de procedimiento y tú sabes cómo se desordenan las cosas aquí. Pero anda, siéntate. Luisa, cualquier llamada, ya tú sabes, toma el mensaje, estoy reunido.
Se comportaba agitado, más que otras veces. Te ofreció un cigarrillo.
―No, gracias. Bien sabes que no fumo.
―Ah, sí, bueno, no importa. Iré al grano. Tengo un asunto serio que decirte y seré breve. A partir de esta semana ya no estarás más con INTERIOR LTD. Esto, tú sabes, no es decisión mía sino de la junta directiva. Espero que entiendas que anteriormente te hemos pedido que te retiraras por el bien de tu salud. Esta organización no tolera más errores y a cada uno de sus miembros se les exige que mantengan una imagen respetable, aun en su vida privada. Y en ese aspecto tú no mejoras, al contrario, vas de malas a peor. Tu trabajo ya no es aceptable y te desempeñas muy mal. Lamento decirte que la visita a tu casa de nuestro presidente no fue muy grata que digamos, especialmente, y te soy sincero, no le gustó que llevaras al marica ese de tu amigo…
Raúl era una boca gigantesca que gesticulaba y se iba quedando atrás. Tú no dijiste nada. No recogiste nada. Saliste de la oficina y cruzaste por un espacio de pequeños espejos ovalados que te miraban con temor, pena y curiosidad. No te detuviste a mirarlos y te apresuraste a tomar el elevador principal.
Una vez afuera, caminaste hacia donde estaba el árbol y te apoyaste en él; lo abrazaste y de tu boca salió un grito a voz viva, tan fuerte que retumbó su eco en los cristales oscuros del último piso, rompiéndolos en mil pedazos.
Entonces cuerpo y árbol se confundieron en uno. Te fuiste sintiendo tan liviano como una hoja, y al percatarte de lo azul que era el cielo y de lo inmenso que era el árbol, sentiste una paz enorme; atrás quedaron las diferencias y las comparaciones. Ahora estabas allí como si ese árbol te hubiese esperado toda la vida. Volvías a vivir otra vez, pero de manera diferente, como si te fueras hundiendo en otra consciencia. No tuviste miedo; te sentías fresco, como envuelto en verdura. Todo a tu alrededor se fue tornando claro y muy bello, hasta que te desvaneciste en el aire...
Y al fin supiste que en lo más profundo de un desastre, por más horrendo que sea, Yo, que soy tu ser sin tiempo y perpetuo, prevalezco inalcanzable más allá de todo mal como una continuidad.