AMIGOS DE LO BREVE

jueves, 22 de enero de 2009

Breve historia de amor y de locura


Cuenta la leyenda que en un día de sol esplendoroso, a eso del mediodía, el sonido de una explosión resonó su eco más allá de las colinas. Los pajaritos cesaron de trinar, los bambúes se mecieron con el impacto, y las hojas, al caer al pozo, formaban ondulaciones en sus aguas serenas. En la lejanía, una mancha ígnea, seguida por una columna de humo, se dibujaba en la falda verde del monte.
Desde la plantación de tabaco los trabajadores avistaron la humorada que se expandía en el cielo. El joven Polo, que silbaba la canción del amor, mientras amontonaba un fardo de hojas, escuchó los gritos. Sus ojos se ensancharon, petrificados de horror. ―¡Paquitaaa! ―gritó aterrorizado.
Corría despavorido, como un relámpago; impotente, deseó tener alas para llegar a ella y librarla del fuego impetuoso que la vestía y consumía, mientras se agitaba de un lado para otro presa del pánico.En la mente de Polo, la canción de amor se convirtió en una de miedo y dolor. Como ráfagas vertiginosas, llegaban a su memoria los recuerdos más bellos.
Paquita era sencilla, como florecita de moriviví. Ella tenía diecisiete y él apenas había cumplido los veinte, cuando la vio por primera vez en el pozo, mientras buscaba agua, y desde ese instante su corazón ya no le fue de él. Ambos se llenaron de ilusiones y en sus ojos brillo el amor. Todavía el primer beso lo sentía cálido, y de la semilla de ese amor, Paquita llevaba en su vientre lo más inapreciable del fruto divino: su primer bebé que en dos meses vendría a sus vidas.Recordaba cómo, con la ayuda de sus hermanos, terminó de construir una choza de madera y yaguas en la ladera más desnuda del monte, cerca del pozo. Se casó con Paquita una tarde azuloza de julio. La fiesta se celebró en el antiguo rancho de palos y yaguas, donde se cosía el tabaco y se amontonaban los bolillos. Fue un día histórico, pues el padre Vicente, por primera vez, subió a los picachos en una carreta tirada por bueyes. Hubo trovadores, los cuales al son del repique de el cuatro y la maraca improvisaron décimas para los novios.
Para diciembre pudo regalarle, por fin, la estufa de gas kerosene, que tantas veces veía en la tienda del pueblo cuando iban a vender el tabaco. La había comprado a crédito pues le fastidiaba ver a Paquita doblarse y tiznarse con el hollín del fogón. Se la trajo la víspera de su primera navidad juntos, envuelta en papel crepe verde y rojo. A Paquita se le iluminó la sonrisa más hermosa que él haya visto, y cada día él sentía que la adoraba mucho más. Ninguna tan primorosa como ella; tan clara y pura como el agua dulce del pozo. Él le enseñó a usar la estufa, desde echarle el kerosene hasta prenderle la mecha.
Hasta que llegó primavera, el día esperado por ellos se acercaba; el bebé iba a nacer para principios de abril y nunca antes se habían sentido tan felices.

Polo continuaba su carrera con un terror en la mirada; una angustia ardía en su pecho. En sus ojos húmedos brillaba un fuego. Al llegar, arrojó con furor varias telas de saco para apaciguar las llamas, pero ya era muy tarde: Paquita, desfigurada, había caído inconsciente. Al lado, a unos cuantos metros, entre las cenizas y ruinas, la estufa relucía al sol, ennegrecida, impregnada por el humo.lloraba su desgracia. Desde ese día dejó de llamarse Pablo para convertirse en El Loco.Un mes más tarde, en un día gris, Polo el loco, pensó que si mezclaba el pesticida para matar la yerba mala con ron, tal vez pudiese dormir mejor y soñar con Paquita. Así lo hizo y no despertó.
Pasaron los años. El progreso llegó a la comarca más rápido de lo que se esperaba; acueductos y alcantarillas, alambres y postes eléctricos se notan por doquier. Ya nadie precisa del pozo viejo, está reseco, y donde antes florecía el tabaco, ahora relucen urbanizaciones, y alguno que otro pastizal con unas cuantas vacas. Dice la gente que a eso del mediodía, se ven dos palomas revolotear por el caminito que lleva hacia el pozo, y, a veces, cuando sopla el viento del Este, se puede escuchar el eco de un grito doloroso:
"¡Paquitaaa!"

El colectivo mágico


──Tienes razón, ahora veo porqué Borges decía en su cuento que El Quijote lo pudo haber escrito otra persona o que todos podíamos ser el autor. Recuerdo que esas fueron las últimas palabras que le escuché decir a mi amigo el profesor.
Era sábado por la mañana y fui entusiasmado para el aeropuerto a recogerlo. Él llegaba de la universidad de California, acababa de obtener un doctorado en literatura comparada, y decidió celebrarlo en la Isla, con sus amigos. Nos abrazamos eufóricos y comenzamos a hablar de los viejos tiempos y de las nuevas corrientes literarias. Por el camino nos dio hambre y lo invité a tomarnos una fría y a comernos unas alcapurrias en la lechonera “La Familia”, de don Pedro. Cuando llegamos, el viejo asaba un cerdo y su esposa María atendía a un turista. Al parecer el gringo le había dado un billete de cincuenta dólares, y ella no sabía distinguir si era de los buenos o de los falsos.
──¡Mirale el pájaro! ──le gritaba don Pedro. Intuí rápido que él se refería al águila que aparece en el billete y me iba a levantar para ayudar a la doñita, cuando de pronto se acercaron dos señoras religiosas, de esas que hacen su actividad proselitista los sábados por la mañana, y a María le dijeron:
──Buenos días, quisiéramos nos concediese unos minutos para compartir la palabra de Dios. ¿Sabe usted cuál es la religión verdadera?
María toda confundida les dijo:
──¡Ay, bendito, si apenas puedo notar bien el dichoso pájaro en este billete, mucho menos voy a saber esas cosas!
Don Pedro, quien no toleraba lo interrumpieran en su trabajo, les gritó a boca de jarro que se marcharan.
──¡Esta gente no ve que uno está ocupao, bendito sea Dios! Si la única religión es la conciencia. ──Dijo en voz alta.
Mi amigo al escucharle dijo: ──Benedetti.
Don Pedro, medio asustado le preguntó si le pasaba algo.
──¿Me quiere decir algo, joven?
── ¿Lee usted a Mario Benedetti?
──¿De qué vente y vete usted me jabla, jovencito?
──respondió don Luis, mientras se rascaba la cabeza.
──Mario, Mario Benedetti, el escritor.
Yo me hice el chivo loco y miré para el otro lado.
──Es que usted acaba de decir algo de mucha relevancia. Eso de que la única religión es la conciencia es un pensamiento de Benedetti, el escritor uruguayo.
──Que guayo ni que coco rayao, mire, joven, eso lo decía mi abuelo, y figúrese usted, sólo porque el tal Mario mentao como usted dice, lo jaya dicho, escrito o patentao, y sea famoso, no significa que le pertenezca a él.
Mi amigo me miraba más asombrado aún. Yo contenía las ganas de reírme porque don Pedro era analfabeto. Después de comer, nos despedimos de los paisanos y por el camino continuamos con el tema.
──Eso mi amigo es el imaginario colectivo, no hay nada nuevo bajo el sol, todo se ha hecho, es la variación lo que cuenta. Todos somos uno conectados. Todo está grabado en nuestro inconsciente; nadie piensa con exclusividad, estamos en la misma energía.
──O sea que todo queda registrado en el imaginario colectivo.
──Exacto. Fíjate, a mí me llamaba la atención los parecidos en los cuentos y en novelas y eso me preocupaba, pero luego me di cuenta de que eso es natural. Soy de los que creen, que dos escritores pueden pensar lo mismo aunque estén lejanos y no se conozcan. El inconsciente colectivo nos toca a todos, amigo. Los títulos y los finales pueden parecerse en muchos cuentos, eso no es plagio. Y si lo fuera sería plagio creativo. Ahora bien, es en el estilo, en el trato que se le da y en el punto de vista donde se adjudica la diferencia creativa.
──Ya veo, pero si esos tres elementos coinciden bastante, puede que se corra el riesgo de plagio ilegal.
──Es posible, mi hermano. En esta vida tan corta todo puede ocurrir.
Se quedó en silencio y meditativo. Lo llevé al hotel y no hablamos más del tema. De regreso a mi casa pensé que después de tantos años de estudio, mi amigo había hecho un gran descubrimiento y necesitaba tiempo para procesarlo en su inconsciente individual…
Glosario
Alcapurrias-fritura hecha con viandas de plátanos y yucca
Lechonera- lugar donde se vende carne de cerdo asada
Me hice el chivo loco-disimular que no entiende o que no ve ni oye
Guayo-instrumento para pelar viandas

Por un bigote


Siempre fui muy tímido. Tanto, que evitaba mirarme a menudo en el espejo para no cruzar la mirada conmigo mismo. Ese defecto me causaba gran dolor y desconcierto. Un día sucedió algo que cambió mi vida y me quitó la timidez de un golpe. Ese día me desperté, como siempre, al compás de doña costumbre y de don deber; comencé a reordenar las piezas del rompecabezas de mi vida, pues la noche anterior había bailado con el Diablo, y el resultado de unas copas extras me latía en la cabeza. Pero era lunes, un día odioso; no tuve más remedio que levantarme he irme a trabajar.
Casi dormido, me dirigí hacia la cocina, calenté un poco de agua sucia con sabor a café, encendí la radio y luego, al mirarme sin ganas en el espejo del baño, decidí que mi bigote ya me pesaba, y tenía que desaparecer.
Trabajaba en aquel entonces con una compañía que suministraba servicios de entrega de comidas y mercancía a las industrias del área. Consistía mi trabajo en conducir una camioneta mini van surtida de golosinas con las cuales llenaba las máquinas vendedoras. En uno de los edificios del barrio, trabajaba de recepcionista una chica rubia de esas tipo cien por cinco -cien libras de peso y cinco pies de estatura- , de ojos verdeados, muy guapa, que cada vez que me sonreía yo sentía que me subía al cielo. Me enamoré como un tonto de ella, pero nunca encontraba la manera de acercármele y expresarle mi admiración. Pero ese día estaba decidido de una vez por todas a declararle mi amor, así que mientras me acariciaba debajo de la nariz, donde cinco minutos antes estaba el bigote, me dije que me veía más joven y atractivo, que basta ya de timidez y que hoy era el día definitivo de la conquista. Me pase la loción de afeitar, le, imploré a Dios que me ayudara y me marché como Don Quijote en busca de su Dulcinea. Faltaban quince para las tres para terminar mi labor diaria, y me la pasé en el baño. Ensayaba una y otra vez mi declaración de amor, cuando al fin, me armé de un poco de valor. Una vez decidido me dirigí hacia el edificio donde trabajaba Brigette, pues supe su nombre cuando una vez, al pasar por su lado, pude leerlo en el carnet de identidad que llevaba prendido en su pecho.
Entré al edificio como quien no quiere la cosa, y tuve una gran decepción cuando en lugar de Brigette, encontré a una señora regordeta. Al acercarme me hice el desinteresado e interesado a la vez y pregunté, por mi Dulcinea. La señora me contestó de un modo automático, me miró de una manera interrogativa, con un aire en su mirada que me decía quién rayos eres tú y por qué la buscas, y luego, mientras agarraba el teléfono que no cesaba de sonar, me dijo que Brigette estaba libre hoy, y que no vendría a trabajar hasta el miércoles.
Salí del edificio con el corazón a sesenta millas por hora y desilusionado. Afuera hacía un calor perruno y mi chatarra de auto no tenía aire acondicionado, así que , aturdido y agobiado, estacioné mi carro frente al bar de Joe; pedí una cerveza bien fría, luego otra y después otra hasta que quedé algo mareado. Al cabo de una hora, salí y me dirigí hacia el parque principal de la ciudad. Allí me mecía en los columpios, ensimismado, como un niño huérfano con los ojos cerrados. Soñaba despierto con el venusino cuerpo y los ojos verdes de mar de Brigette, cuando de pronto ante mí se detienen tres patrullas policiales: ―¡Alto ahí. No se mueva y ponga las manos sobre la cabeza! ― gritaron al unísono. A mí me temblaron las rodillas y todas las coyunturas, pero obedecí sin vacilar. Comenzaron a esposarme mientras me preguntaban por qué estaba tan nervioso, y yo les dije, por qué carajo ustedes creen que lo estoy, si acaban de darme un gran susto; pero ellos no me hacían caso, y tan sólo se limitaban a escrutarme. ―A ver que traigan a la chica ―dijo el más feo de ellos. Me quedé petrificado. Un frío álgido me atravesó el corazón cuando la vi; era Brigette , la chica italo-irlandesa, la barbi de mis sueños, la que me hacía patinar el coco. Se veía diferente, como si un huracán le hubiese pasado por encima.
―¿Es este el hombre que te asaltó? ―le preguntó uno de los gorilas.
Por un momento todo se quedó en suspenso, como cuando pasan una cámara lenta por televisión y el tiempo se detiene. El policía, tratando de calmarla, le dijo:
─Sabemos que el miedo la confunde jovencita, pero díganos, ¿es ese el hombre que la asaltó anoche?
Ella asomó la cabecita rubia por la ventana, abrió sus grandes ojos al máximo, me miró por un rato, como si yo fuera un bicho raro y le dijo a los guardias:
—No, ese no es; el otro tenía bigote y era más prieto.
Pobrecilla. Pero es natural; de noche todos los gatos son pardos y yo, que soy negro, mucho más. Menos mal que me afeité el bigote.

Delirium tremens


Frente a ti, un hombre con un litro de ron, espera su turno en la fila de pago. Lleva pantalón caqui y camisa crema. Sus ojos denotan cansancio. Por lo reseco de sus manos asumes que es un obrero; indudablemente un carpintero o albañil de algunos cincuenta años. Hoy ha trabajado mucho. Cree que merece una recompensa, piensas. Cabizbajo se adelanta en la fila. De vez en cuando mira hacia los lados. Sus manos se agarran con más fuerza al litro con el preciado líquido, hoy llegará tarde a su casita de madera y cinc situada en lo alto del barrio, cerca de la quebrada. Apenas se de el primer trago, comenzará la metamorfosis. Su compañera, una mujer analfabeta, pero dulce y dedicada a sus hijos, ha puesto en la olla las habichuelas, pero espera que él traiga la bendita mestura, tal vez bacalao o alas de pollo. Tienen siete hijos; tres machitos y cuatro hembras. El segundo, un adolescente flaco y tímido, de mirada sensitiva, es quien vigila y cuida que su padre no se ausente, y observa el camino por donde ha de llegar tambaleante con su litro de ron, pues ya el otro litro se lo ha bebido con amigo que encontró por el camino. “Tal vez nos traerá chocolates”, pensará el muchacho. Pero no es el padre de los chocolates el que se acercará sino el otro, el “endemoniado”.
La casa es pequeña. En un cuarto las hembritas y la madre duermen hacinadas en una cama mediana. Al lado de esta cama, un camastro sirve de lecho a los tres varoncitos. En la cocina, al lado de la mesa esta la cama del padre.
El hombre llegará a la casa vociferando y maldiciendo su situación. Se dirigirá hacia su mujer y la golpeará. Tomará el plato de comida y lo arrojará al suelo. Los pequeños comenzarán a llorar. El hijo mayor tratará de aguantarlo pero no podrá con su fuerza. Toda la noche el hombre se la pasará gritando, maldiciendo y cantando palabras obscenas. El hijo temblará angustiado, no podrá dormir ni concentrarse. El padre vomitará diciendo que una docena de diablejos y monitos lo están acechando, y allá va el muchacho a espantarlos con una escoba y a limpiar los vómitos. Luego comenzará a cantar: “yo estaba dormido y salí soñando que el Diablo estaba suelto y me andaba buscando...”
Así transcurrirán cuatro días.
Al quinto día el adolescente se levantará con sueño y se marchará otra vez para el colegio. Dejará a su padre en la cama. Ha comenzado su primer año, pero no sabrá que hacer. Pasará el día desorientado, como envuelto en un manto negro; ensimismado, callado y aislado de sus compañeros de estudio, no participará, apenas sonreirá. Se sentirá avergonzado y contrariado. Sus ojos piden a grito algún tipo de ayuda, pero no logra salir del túnel oscuro en que se ha sumergido.
Deprimido, llegará a su casa por la tarde para enterarse de que su padre se lo habían llevado para el hospital y que murió en el camino de un ataque al cerebro. El adolescente arrojará sus libros al suelo y se encerrará en una pequeña casita que sirve de ducha y letrina a la familia.
Su madre, resignada y aliviada le dirá: “To’ está bien mijo, ya no se puede hacer na’, lo peor pasó”.
Tres meses más tarde, el muchacho caminará sin rumbo y sin sentido por las calles del pueblo. Un primo lo recogerá y lo llevará a una clínica de salud mental. Allí será diagnosticado con una depresión severa, complejos de inferioridad y de culpa, y una terrible ambivalencia.
Un hombre con un litro de ron frente a ti en la fila de pago: recuerdos de tu padre avasallan tu mente.
Cuando eras pequeño te traía chocolates y te acariciaba la cabecita… ¿Qué le pasó? Buscas en el fondo de ti una contestación...y no la encuentras.

Vuelo de mariposa


Aquella tarde gris de noviembre de 1963, Carlitos, regresó del patio con una lagartija verde amarilla en sus manos, entró con sigilo a su casa y vio que su madre lloraba, mientras que su padre, enfurecido, se agitaba de un lado a otro. El rostro de ella estaba hinchado y de sus labios corría un hilillo de sangre. La radio estaba encendida y podía escucharse una voz pastosa, acentuada por el ritmo de una música lenta y fúnebre, que pronunciaba a ratos la palabra “quénedi”.
―Papá, ¿por qué llora mamá? ―preguntó asustado.
―¡Shh, cállese niño, vay’se a lavar! ―le gritó su padre, sin siquiera mirarlo–. Los niños hablan cuando las gallinas mean.
Al instante una mariposa amarilla entró por la ventana y revoloteó por toda la casa. Carlitos tiró la lagartija al suelo y corrió hacia los brazos de su madre.
El tiempo pasó sin remedio . Al ritmo de los Rollings Stones creció Carlitos, pro sin ninguna satisfacción . Un día, después de su mayoría de edad, fue reclutado por el tío Sam y llevado a la selva de Viet Nam. Allí se arrastró como una lagartija. Fue herido en combate y terminó hospedándose en el hospital psiquiátrico un anodino día cuando una peregrinación de mariposas arropó el pueblo donde nació.
Por la ventana del hospital se le puede ver, mira hacia lo lejos tras el vuelo zigzagueante de una mariposa amarilla que se pierde en el horizonte.
Carlitos ya no es el mismo, ahora depende de químicos y anti sicóticos para controlar sus alucinaciones, el corazón se le acelera y no puede conciliar el sueño . Una horrenda pesadilla lo atormenta: sueña que es asediado por miles de lagartijas que le susurran al oído, casi al unísono y sin cesar la palabra “quénedi’…

El hechizo


Me llamo Dolores Dríades, pero ustedes pueden llamarme Lolita; y por lo que veo, creo que soy la más vieja del grupo.
Escuchen, yo tenía diez años cuando me inicié. Mi padre tomaba mucho. Una mañana, por causa de sus borracheras, amanecimos sin ni siquiera café para amortiguar el dolor del hambre. El viejo estaba tirado en el piso y mi madre preparaba una agüita de yerbabuena. Y ese sonsonete en mi cabeza. No paraba de cantar esa dichosa canción de la cucaracha: “La cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar porque le falta, porque no tiene, ron cañita pa’ tomar...”
Al mediodía me mandó al cafetín a que le buscara una caneca. Me fui por el caminito lleno de robles floridos, y cuando cruzaba el río, sentí que me llamaban de un modo bajo y despacito. Me detuve, miré para todos los lados pero no vi a nadie. Entonces pensé que eran desvaríos de mi cabeza, ya que el hambre nos hace alucinar, y proseguí mi camino.
Cuando llegué al colmado vi a un hombre sentado frente al mostrador pinchando unos pedacitos de salchichón con un palillo de dientes y luego los mojaba introduciéndolos suavemente en un vaso con ron. La vellonera estaba encendida y una canción romántica brotaba de ella haciendo que el hombre cerrara los ojos y se moviera al compás. Entonces yo, enjuta, despeinada, descalza y con el estómago vacío, me acerqué al mostrador y temblando me dirigí hacia donde estaba el dependiente, Don Monche, que contaba unos billetes y trazaba unas cifras en una libreta.
―Que si le podía fiar una caneca, una libra de pan y media libra de bacalao, que papá se lo paga tan pronto comience la zafra ―le dije, mientras mi pequeña boca se volvía agua al percibir el rico olor de grasa y pimienta proveniente del embutido que comía el señor. Don Monche se puso un lápiz amarillo en la oreja izquierda, echó la vieja y mugrosa libreta a un lado, y me dijo, sin mirarme :
―Dile a tu pai’ que no beba tanto que ya es mucho lo que me debe.
En ese instante uno de los billetes que contaba cayó al suelo, sin don Monche percatarse. Yo veía como el billete iba cayendo suavemente por debajo del mostrador, aterrizando como un rayo magnífico de luz verde entre mí y el hombre del embutido. Levanté la cabecita y miré al hombre. Él me miró de reojo y, sin titubear, puso su bota sobre la punta que sobresalía del billete y me hizo un guiño con malicia; se llevó un dedo a los labios como diciéndome que me callara y no fuera a delatarlo, y me ofreció varios pedazos del oloroso manjar. Yo, con mis ojos abiertos y sorprendida, sonreí nerviosa, me eché un pedazo a la boca, y, casi sin masticarlo, me lo tragué de inmediato. Después me relamí los labios y, con todo lo que me permitió mi voz infantil, grité:
–¡Don Monche, se le cayó un billete de veinte en el piso y está debajo de la bota del señor!
El dependiente, aturdido, se dobló, miró por debajo del mostrador, y agarrando una escoba, lo atrajo hacia él y lo recogió.
―Dile a tu papá que ésta va por la casa, que no me debe nada ―me dijo, mientras miraba con intensa furia al hombre del embutido.
El hombre frunció las cejas, apretó los dientes y se me quedó mirando de una manera tan morbosa que aún no puedo olvidarlo. Y yo me marché tarareando la canción de la cucaracha con mi bolsa llena de pan, bacalao y una caneca de ron; me sentía algo mareada pero contenta a la vez. Crucé el río como pude, y al llegar al caminito de robles amarillos volví a sentir que me llamaban. De pronto, una sombra se me atravesó y caí al suelo. Una mano enorme me agarraba la cintura mientras la otra me tapaba la boca. Comencé a patalear y trataba de zafarme con mis pocas fuerzas, cuando de momento una nube de mujercitas aladas que cantaban con una dulzura divina, se abalanzaron sobre el hombre que me atacaba. Eran muchas y pequeñitas como mi dedo meñique, vestidas de blanco, de pelo verde, con alitas azules, casi etéreas y todas risueñas. Cuando las sintió encima, el bribón comenzó a chillar como un perro y huyó despavorido cuesta abajo como pájaro que ha visto un espantajo. Yo me quedé en el suelo, perturbada y asombrada a la vez. Ellas hicieron un círculo a mi alrededor y comenzaron a hablarme al unísono. Me dijeron que sería portadora del hechizo mágico; que en el futuro iba a ser su libertadora; que cuidáramos la naturaleza, ya que si seguíamos cortando árboles se nos iba a secar la isla. Después desaparecieron entre los robles y nunca más las volví a ver.
La caneca de ron nunca llegó a las manos de mi padre. Con el tiempo me convertí en una ambientalista alcohólica o una alcohólica ambientalista, como ustedes quieran verlo. Me entristece ver como se talan los árboles a diestra y siniestra sin pensar en el futuro; y sabrá Dios cuántas de esas mujercitas se están quedando sin hogar. Y hablando de palos, de vez en cuando, lo admito, me doy el palito; y me lo doy del Palo Viejo, que es el mejor. Que le voy hacer, si me echaron un hechizo.

Glosario:
zafra: época cuando se picaba la caña de azúcar
vellonera: caja de música o tocadiscos
caneca: botella
yerbabuena: yerba medicinal
Palo Viejo: Marca de ron puertorriqueño
palo: árbol

Historia de un desamor en un domingo por la tarde


Hefesto despertó en el Más Allá:─¡Socorro! ¡Socorro!... ¡Soy culpable, culpable...!─¡No puedo más!... ¡Perdón! ¡Perdón!─¡Señor juez, señor juez!... ¡Menos mal que, al fin puedo hablar!─¡Déjeme hablar!Y Mefistófeles, el dirigente de la mansión espiritual le acarició su cabeza atormentada, y le contesto en tono amigo:─Diga, lo que desee. Estamos aquí para ayudarle. El rostro del desencarnado se lleno de lágrimas y se transformó la propia debilidad en energía inesperada; y compungido, comenzó a hablar:
Señoras y señores del jurado, me presento como la voz de Hefesto Martínez, mayor de edad, herrero de oficio, y ante Dios me confieso con el alma desnuda. Feo y cojo de nacimiento, fui abandonado por mi madre y nunca me acostumbré a la idea de que iba a vivir y a morir tan miserable. Les digo que de todas las soledades, la de falta de amor es la peor. Yo tenía necesidad de ser amado pero nunca conseguí que una mujer me diera al menos un poco de cariño sincero. Las pocas caricias que me dieron tuve que comprarlas. Amé como pude, se los juro, pero nunca fui amado. Les contaré lo que me sucedió, aunque tal vez ya ustedes lo sepan.
Fue una tarde de un domingo envilecido, cuando al partir de mi vida la mujer que amaba, quedé desolado. La ingrata se fue sin decir adiós y pegó en mi puerta un papelito donde se leía: “No te amo, nunca te amé”. Me sumí en el más delirante infierno de todos, el de la soledad y el desamor. Tan sólo me dejó su olor a océano, que al regarse por todo mi cuarto casi me ahogaba. Afligido, cerré mi diario; era la página más blanca de mi existencia. Me vi soltero y cincuentón, sin saber cuándo y por qué el plan de mi vida, mis metas y sueños, se dislocaron; me perdí entre la penumbra de la realidad y la fantasía; caí en un vacío donde el ruido espantoso de mi mente me agobiaba. Apenas dormía, enervado por pensamientos tristes; me sentía cansado de escuchar la palabra amor en las canciones tontas de la radio; de ver parejas en las calles; de las películas sobre solitarios; de las escenas de amor; de escuchar la palabra novia, y de la pregunta "¿no te has casado?"; de la boda en caravana; de las tiendas de novias; de los maniquíes en los escaparates; de la fila solitaria en el cine; del lamento de los casados y de la mercadería con la soledad del tímido y del desgraciado, al ver los hijos de los otros, escuchar y no decir nada, tocar puertas siempre cerradas, huir del romance de las vitrinas de farmacia. Me desilusioné tanto que mi corazón no era más que un vertedero sin fondo lleno de esperanzas muertas, falsas alarmas que me llevaron a anestesiarme con pastillas y vino barato para soportar la inmensa noche larga; imaginé una mano que me acariciara la espalda, me quitara el frío, y una voz que me susurrara con ternura al oído, con suavidad; pero me levantaba una y otra vez perdido en mi infierno al escape de la televisión, cubierta de telas de arañas, mientras afuera brillaban las estrellas sobre mi cabeza torturada que seguía llena de tabaco, vino, pastillas, anuncios comerciales que me comían el cerebro, como horribles ratas de ojos saltones, al compás del ruido incesante de los grillos, los sapos y las chicharras .
Una noche de febrero, bajo la luna menguante, en la víspera de San Valentín , se presentaron en mi habitación tres mujeres de ensueño. Cada una me dijo su nombre y todas me dijeron que iban a acompañarme hasta el fin de mis días; que enterrara el recuerdo de la que me rompió el corazón, pues ellas se encargarían de ahí en adelante de llevarme por el camino del sosiego. Les creí y les abrí los brazos con fervor. Sus nombres eran Esperanza, Soledad y Muñeca. La primera, Esperanza, era quien me despertaba y me animaba a levantarme por las mañanas; ella era rubia, nórdica, de ojos verdes y tan claros como el cristal; en fin, la Venus de mis sueños, la que me motivaba a vivir y siempre me acompañó. Luego, ansioso, me entregaba a Soledad, quien era todo suspiros, muy callada, pero era la más que me apasionaba, y siempre estaba llena de ternura; su cabello anochecido era una enredadera de estrellas y sus ojos tan sombreados como el color medieval de la muerte. Al final, resignado, me entregaba a Muñeca, mi muñequita linda, hecha de puro calor, llena de deseos y ansiedades desbordadas; con ella creaba fuegos artificiales con mi fragua, y al final, me dormía como un niño de teta.
Entonces recobré la ilusión, me sentí aniñado, desempolvé los viejos discos de Sandro y volví a cantar Yo te amo, por ese palpitar que tiene tu mirar yo puedo presentir que tú debes sufrir igual que sufro yo, y así como se arroja de costado un papel viejo, traté de encontrar en ellas la sonrisa que nunca me brindó mi madre pero no la encontré. Poco a poco me destruía con el néctar dionisiaco, y ellas, cansadas de mi miseria, decidieron marcharse. Una tarde de domingo, otra nefasta tarde de domingo, sin decir adiós, me abandonaron las tres. /Dime tú por qué me abandonaste. ¿O acaso no lograste las cosas que soñabas?/ Pensé que Esperanza, al menos, se iba a quedar conmigo, pero fue la primera en marcharse. /No viste con que ganas yo trabajaba y luchaba sin descanso para darte mi abrigo...¿O acaso no entendiste que te amaba? como quiere un amante, como quiere un amigo.../ Mi vida no era más que un hueco lleno de nada, un camino sin destino y un miserable grito en la oscuridad. /Mas tú creíste que eras reina, que yo tu esclavo debía darte todo, y así te di mi amor y me anulaste.../¿No creen ustedes, señores del jurado, que era mi derecho terminar con ella? No sé cómo ocurrió, pero mi cuarto se oscureció como un hoyo negro y sin final. /Y te regalé todo, te dí mi sangre , mis sentidos, mis caricias y tú todo lo tomaste y me anulaste.../Fue entonces cuando decidí terminar con mi angustia y loca fantasía: agarré la botella de vino y un frasco de somníferos y me los ventilé de un solo trago. /Mas cuando te pedí un poco de amor, tú sin mirar hacia atrás te marchaste.../Me moría poco a poco en el sueño… a lo lejos escuchaba el final de la canción de Sandro que me hacía crecer mi ardiente delirio y que despacito se apagaba... /Devuélveme el amor, dame la vida; dame la vida que te dí, dame los sueños, devuelve el corazón aquí a mi pecho que ya vacío, que ya deshecho de llorar se acuerda hoy de ti. ¡Dame el amor! ¡Dame la vida!...” /
Pero, ¡Santo Cielo!... ya veo que me he equivocado; lo puedo ver en sus ojos, señores del jurado. He construido un mundo mucho más cruel que el que Dios me dio. Miro a mi alrededor y quiero liberarme de este egoísmo; aprender de tu amor Dios misericordioso. ¡Denme otra oportunidad! ¡Quiero salir de aquí! ¿Qué hice, oh Dios mío, qué hice?, regrésame a la vida, perdóname, de nada me valió, fue inútil mi cobarde acción, pues el infierno de las tres me persigue, y todavía es domingo por la tarde...

Delusión en Noche Buena



Esa mañana, víspera de Navidad, la viuda Antsiers notó al levantarse que una fila de hormiguitas chiquitinas, de andar muy rápido, se colaban por una hendidura en el marco de una ventana de su mansión victoriana.
―Lo que me faltaba, hormigas. ¿Cómo es posible, si limpio a diario? ― refunfuñó entre dientes―.Tendré que ir por insecticida, maldita sea. Yo que boté la servidumbre por considerarla deficiente.
Se calzó unas zapatillas de piel de serpiente, y bajo un sombrero de franela se marchó para el supermercado en un Jaguar negro.
Al llegar al centro comercial, una multitud de personas que andaban de aquí para allá y de tienda en tienda en busca del regalo perfecto, le parecieron hormigas revueltas. Un coro de niños cantaba Noche de Paz y un Santa Claus tocaba una campanita de oro. Todo era alegría y júbilo, pero eso no tuvo el menor efecto en ella: lo único que le importaba era exterminar los insectos rastreros que invadían su casa, y sobre la gente, le importaba un pepinillo que fuera Navidad o no.
―¡Bah, son todos unos mediocres! Lo mejor es mantenerse alejada de ellos ― musitó mientras buscaba el mortal veneno.
Al llegar a la casa, la fila de insectos había crecido. Con una sola rociada las exterminó a todas. Pensó que las había eliminado, pero varias horas después parecieron y en cantidad triplicada. Otra vez las roció, pero esta vez no lograba matarlas; se habían vuelto inmunes al veneno.
―Las odio, las maldigo, las conjuro y las detesto ―dijo, malhumorada.
Curiosa por saber cómo ahuyentar ese insecto que le fastidiaba tanto, navegó en el Internet y buscó todo lo relacionado a las hormigas. Encontró que es un pequeño insecto himenóptero de los trópicos y zonas templadas que corresponde a unas tres mil quinientas especies de la familia formícidos. Todas son sociables; viven en colonias, que pueden estar compuestas por unos pocos individuos. Además, carecían del concepto de individuo, característica que no le fue de su agrado.
Abrumada por tantos datos sobre el insecto molestoso que la invadía, verificó que las ventanas estuvieran bien selladas y que no hubiera migajas de alimento esparcidas por el piso. Buscó en la cocina clavos de olor o perejil, pues según lo que había leído, eso las podría ahuyentar por algún tiempo; regó unas cuantas hojitas por las esquinas y luego con una bayeta mojada, las aplastaba una por una. Pero entre más eliminaba más aparecían, como si salieran de la nada y atravesaran las paredes. Intentó buscar de dónde provenían, pero no encontró su nido.
“Debe de ser por el calor o que va a llover, ¡maldita sea!, ¿qué relación lógica puede haber entre una sabandija y una mujer sola?”, pensaba y repetía para sus adentros, mientras mojaba una vez más la bayeta y proseguía con su trabajo de manera meticulosa.
Nerviosa, buscaba en el botiquín el medicamento, pero se le había terminado. Tomó el celular, y al llamar al doctor para que le hiciera otra receta, le contesta una máquina contestadoRa: “el doctor está de vacaciones…”
Arrojó el frasco al piso. Otro trago de whisky.
A las tres de la madrugada las había aniquilado a todas en el cuarto de estudio, en la sala, el dormitorio y en la cocina. “El lunes, temprano en la mañana llamaré al exterminador”, pensaba. Cansada, se fue a dormir; pero antes se tomó otro trago. Se puso la pijama, frotó su cara con una crema facial hecha a base de aceite de ballena y luego se acostó. No habían pasado cinco minutos, cuando sintió la cabeza hinchada, la piel le picaba y un fuerte zumbido le retumbaba en los oídos. Encendió la luz, y horrorizada vio que de la nariz, ojos y oídos salían hormigas de todas clases, que al moverse como un remolino en la cama, se deslizaban por las paredes y el techo. Salían a borbotones del cerebro, por todas partes. Su cabeza era una olla de hormigas. Comenzó a patalear y a dar manotazos a diestra y siniestra, pero las pequeñas invasoras trepaban por su cuerpo. Eran millones y millones, rojas y negras, y de todos los tamaños. De pronto sintió un fuerte dolor en el pecho y cayó de bruces al piso, con los ojos desorbitados y todo el cuerpo cubierto de hormigas.
Al día siguiente era Navidad, sólo se escuchaba el monótono repique de unas campanas a lo lejos. El sol filtraba los rayos por la ventana, y la luz brillaba sobre el cuerpo inerte de la viuda. Afuera resplandecía un cielo azul sobre una sábana de nieve.
A unos cuantos pies de distancia del cuerpo de la señora Antsiers se encontraba el frasco vacío de medicamentos.
Dos señoras religiosas que realizaban sus actividades proselitistas, y aprovechando de que era día feriado, se acercaron a la puerta, tocaron el timbre y como nadie les abrió, colgaron una revista con el siguiente mensaje en la portada: ¿Existe la navidad?, y más abajo un subtítulo: Usted vivirá en paz con los animales en el nuevo paraíso.
La policía notificó un caso de una mujer de cincuenta años de edad, blanca, con antecedentes personales y familiares de trastornos psiquiátricos y de pediculosis pubis. En el examen microscópico de las muestras tomadas durante la autopsia se comprobó que correspondían con restos de epitelio y pelos. La biopsia cutánea se interpretó como exulceraciones secundarias al rascado, y confirmó la ausencia de parásitos. Su psiquiatra evidenció el cuadro alucinatorio de la paciente que luego de ser estudiada se definió como delusión parasitaria.