jueves, 29 de enero de 2009

Despedida

Dicen que el amor es ciego y la locura siempre lo acompaña. Eso es erróneo: lo que es ciego es el apego.
Allí estabas, cavilando en la segunda mitad de tu otoño, en medio de la oficina amplia y cómoda, como un pájaro enjaulado; sintiendo y pensando como millones de seres en este mundo, disueltos en la masa, pasando por la vida sin dejar huellas; haciendo simplemente tic-tac como el viejo reloj en la pared. Y allí, siempre allí, sumergido en un sillón ejecutivo, contemplabas tu interior disiparse sobre la mesa gris de tu consciencia.
Un olor delicado de violetas frescas te hizo extrañar a Helena, la secretaria. Encima del escritorio, limpio e inmaculado, al lado de un frasco de píldoras antipsicóticas, un pequeño sobre color rosa te invitaba a que lo abrieras. Todo el espacio a tu alrededor se pintaba de rosa. Por un instante intentas abrirlo, pero te arrepientes. El miedo y la duda se apoderaban de ti. ¿Por qué ahora, cuando mejor te encontrabas? Habías, por fin, llegado al piso sesenta y seis, y ahora eras un hombre importante. La oficina era suntuosa, equipada con la técnica más avanzada del mercado. Aceptaste que tu trastorno esquizoafectivo era prolongado; conocías tus puntos fuertes y tus limitaciones, y tenías una rutina uniforme, regular y predecible. Era de esperar que ante una situación transida como esa, surgiera una recaída.
No, no abriste el sobre; esperaste a que él te llamara, como acostumbra a hacerlo todas las mañanas.
Y allí estuviste por un rato largo como jugando al gato y al ratón con tus pensamientos. Luego tus pies te llevaron hacia los cristales sombreados. No había ventanas abiertas y el aire acondicionado enfriaba más que otras veces. “Me estoy volviendo viejo y loco”, te dijo una idea revoloteando por tus neuronas.
En un intento para despejar la mente, apoyaste la cabeza contra el cristal sintiendo su frío en la frente. Afuera el sol estaría jugando con las nubes. Tus manos se enfriaban y te quedaste mirando hacia abajo por un momento, ensimismado. El árbol del estacionamiento se asemejaba a un paraguas en miniatura, siempre verde y abierto. Sentiste envidia de aquel árbol y por un instante quisiste ser tan inconsciente como él. De pronto un rayo furtivo de luz solar iluminó tu rostro y volviste la mirada hacia el escritorio. El sobrecito rosa te exasperaba. Entonces tuviste la extraña sensación de que ya lo estabas leyendo y te sentiste perdido dentro de los cristales . Hasta que te viste a ti mismo. ¿Eras tú? ¡Tantas veces quisiste ser diferente, sobresalir de la mediocridad que te rodeaba y lograr tus más caras ambiciones por encima de todo! Y ahora… ¿qué sentido tenía vivir?
Sonó el teléfono. Una, dos, tres veces. ¿Sería tu amigo o el jefe quien te llamaba? Regresaste al asiento, y al acercarte a contestar, casi instintivamente, tomaste el sobre y lo fuiste abriendo. Dentro del receptor escuchabas la voz de Raúl, tu jefe, con su tono de gerente general:
― Alou, Jorge te necesito ver en mi oficina, pronto.
Mientras leías la carta, la voz de Raúl te parecía lejana.
―Alou, Jorge , ¿me escuchas?
"Nuestro mundo se marchita…"
"Quiero luz, quiero vida..."
―Ya voy.
"Lucho por los dos"
“Ya no te amo…me marcho”
Esteban
Colgaste el teléfono lentamente, como si te pesara. Apretaste entre tus puños el pedazo de papel, te llevaste las manos a la cabeza, te inclinaste sobre el escritorio y lloraste como nunca en tu vida lo habías hecho.
***
―Pasa, Raúl te espera ―Luisa, la recepcionista, se notaba pálida―. Siéntate y tómate un café.
―No, gracias.
Has escondido tu coraje ante Raúl. Al entrar a su oficina no te sorprende verlo rebuscando tras los anaqueles; siempre te hace esperar. Pero esta vez, aunque disimula, parece totalmente indiferente a tu persona.
Y allí estuviste esperando por un rato. Entonces te pusiste a observar: sobre el escritorio de Raúl había una foto familiar, donde éste, diferente, sonríe como diciendo "soy un ejecutivo, modelo de felicidad conyugal". A un lado su señora, exhibiendo una sonrisa foto-forzada a lo "cheesse wik", dos niñas hermosas y un perro enorme completaban la foto. Después te fijaste en la pared llena de placas, lemas de productividad con imágenes de productos de la compañía y alguno que otro cuadro mediocre. Pero lo que más captó tu atención fue un pequeño librero que había en una esquina. Era un librero con puertas de cristal, herméticamente cerradas. Dentro de éste la imagen de un Cristo labrado en oro sobre una cruz de madera, le hacía muecas al aire, horriblemente contorsionado, como si se estuviera ahogando. De la cruz brotaban retoños de hojas verdes y encima del librero, junto a una tabla de estadísticas, había un programa de la misa pasada.
―Hola Jorge, perdona que me haya demorado, pero estaba buscando unos manuales de procedimiento y tú sabes cómo se desordenan las cosas aquí. Pero anda, siéntate. Luisa, cualquier llamada, ya tú sabes, toma el mensaje, estoy reunido.
Se comportaba agitado, más que otras veces. Te ofreció un cigarrillo.
―No, gracias. Bien sabes que no fumo.
―Ah, sí, bueno, no importa. Iré al grano. Tengo un asunto serio que decirte y seré breve. A partir de esta semana ya no estarás más con INTERIOR LTD. Esto, tú sabes, no es decisión mía sino de la junta directiva. Espero que entiendas que anteriormente te hemos pedido que te retiraras por el bien de tu salud. Esta organización no tolera más errores y a cada uno de sus miembros se les exige que mantengan una imagen respetable, aun en su vida privada. Y en ese aspecto tú no mejoras, al contrario, vas de malas a peor. Tu trabajo ya no es aceptable y te desempeñas muy mal. Lamento decirte que la visita a tu casa de nuestro presidente no fue muy grata que digamos, especialmente, y te soy sincero, no le gustó que llevaras al marica ese de tu amigo…
Raúl era una boca gigantesca que gesticulaba y se iba quedando atrás. Tú no dijiste nada. No recogiste nada. Saliste de la oficina y cruzaste por un espacio de pequeños espejos ovalados que te miraban con temor, pena y curiosidad. No te detuviste a mirarlos y te apresuraste a tomar el elevador principal.
Una vez afuera, caminaste hacia donde estaba el árbol y te apoyaste en él; lo abrazaste y de tu boca salió un grito a voz viva, tan fuerte que retumbó su eco en los cristales oscuros del último piso, rompiéndolos en mil pedazos.
Entonces cuerpo y árbol se confundieron en uno. Te fuiste sintiendo tan liviano como una hoja, y al percatarte de lo azul que era el cielo y de lo inmenso que era el árbol, sentiste una paz enorme; atrás quedaron las diferencias y las comparaciones. Ahora estabas allí como si ese árbol te hubiese esperado toda la vida. Volvías a vivir otra vez, pero de manera diferente, como si te fueras hundiendo en otra consciencia. No tuviste miedo; te sentías fresco, como envuelto en verdura. Todo a tu alrededor se fue tornando claro y muy bello, hasta que te desvaneciste en el aire...
Y al fin supiste que en lo más profundo de un desastre, por más horrendo que sea, Yo, que soy tu ser sin tiempo y perpetuo, prevalezco inalcanzable más allá de todo mal como una continuidad.

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