viernes, 19 de diciembre de 2008

La última de las maguferías

"Y el cielo se apartó como un libro que es envuelto y todo monte y las islas fueron movidas de sus lugares" (Ap. 6: 14)


En la mañana del día veintidós de diciembre del año 2012, en la playa Los machos de Ceiba, se verá bajar del cielo a un coquí dorado, grande como una cancha de tenis y con alas irisadas de multiples colores .Y cuando el coquí toque el suelo, levantará un remolino que limpiará la playa de cigarrillos, latas, envolturas de comida, chapitas, sorbetos, vasos plásticos, botellas, pañales y condones usados. Una vez en tierra firme, cerrará los ojos y comenzará a cantar: “CO QUI, CO QUI, CO QUI...” Las ondas de su canto se expanderán por todos los confines del mundo.El cielo se tornará rosado, la luna se partirá en dos y como si fuera una piñata, dejará caer desde lo infinito caballitos de carrusel, mariposas gigantes, maraquitas de bebé, caballitos San Pedro, maryjanes, piloncitos, vaquitas lecheras, gofios, besitos de coco, blonis, mampostiales, lluvia de horchatas, ajonjolíes, tamarindos, pirulíes y mucho confeti de color amarillo. Todos pensarán que el paraíso ha llegado, pero se equivocan: un nubarrón oscuro se extenderá por todo lo alto y ancho, y el mundo ya no será el mismo.
Los relojes se van a detener, las campanas de las iglesias dejarán de sonar y toda fuente de energía se va a extinguir. Caerán los aviones, y en las autopistas no habrá movimiento alguno. El tiempo será suspendido. Los bebés abortados, colgados de las nubes con el cordón umbilical atado al cerebro, gritarán al unísono: “¡Hay un solo Dios y no tiene religión!”
Madre Tierra temblará; torrentes de espuma y agua hirviente brotarán de sus poros, y su piel, agrietándose, se romperá en mil pedazos. La humanidad entera se irá desbocando en la colina del cordero de la isla de San Juan..
El “Viejo Divino”, que nunca juega a los dados, contemplará en silencio:
De un lado de la colina bajan, en una línea sin fin, una muchedumbre eufórica compuesta por maestros mal pagados, prostitutas, mendigos, obreros muertos en su trabajo, amas de casa maltratadas, enfermos de sida, niños esqueléticos, homosexuales discriminados, ancianos solitarios, drogadictos, alcohólicos, discapacitados, soldados esquizofrénicos y niñas violadas, cargando pancartas alusivas al juicio final. De súbito, el coquí pone muchos huevecillos, y éstos se rompen al instante saliendo de ellos infinidad de coquies alados que se esparcen por los cuatro puntos cardinales. Semillas tiradas por los árboles germinan al instante. Poco a poco se van elevando papeles, ruedas, imprentas, telescopios, radios, televisores, neveras, secadoras, automóviles, podadoras, discos compactos, computadoras, secadoras de pelo, celulares, y cuanto cachivache ha inventado el homo sapiens desde sus comienzos.
Periodistas, en la desesperación por transmitir la noticia, desaparecen arrastrados con sus cámaras como si se los tragara un agujero invisible.
Bajando furiosos por el otro lado de la colina van los religiosos, las multinacionales, los chupasangres, los prestamistas, los estafadores, los chupamatres, los cobardes, los agitadores, los petroleros, los tragatuercas, los abusadores, los curitas pedófilos, los dictadores, los fanáticos religiosos, los comerciantes sin escrúpulos, los perversos, los implacables, los hipócritas, los traficantes de chismes, los arrogantes, los avaros, los orgullosos, y, en fin, los políticos ególatras quienes son pulverizados por un rayo gigante. Al estallar el trueno, se separa el trigo de la cizaña.Y cuando el coquí dorado con alas de terciopelo finalice su canto cristalino, por primera vez no habrá gritos, y nos escucharemos unos a los otros con atención. Entonces se dejará de querer el yo y cada cual tendrá su pedazo de pan; nacerá la confianza retornando el abrazo y la conversación afable, y se abrirán las puertas, porque todos seremos niños otra vez. La armonía y la paz reinarán en el silencio que se acurruca entre las piedras y las hierbas, donde nace la ternura. No será el final, sino el nuevo comienzo. Y mirando hacia el Este, volveremos a ser humanos.
Glosario- Coquí-El coquí es una ranita muy pequeña de muchas variedades que cuando canta dice CO-QUI-CO-QUI. Es un símbolo nacional de Puerto Rico. No tienen alas, solamente el de esta historia tiene alas, fantasía mía. Ceiba- Pueblito en la costa Este de Puerto Rico. Maryjanes- Dulce de maní o cacahuate con caramelo. Piloncitos, vaquitas lecheras, gofio, besitos de coco, blonis, mampostiales, horchatas, ajonjolí, tamarindo, pirulíes – Dulces criollos, excepto el bloni que es una goma de mascar. El cordero es el símbolo del escudo de Puerto Rico

EL CUENTOPOLITANO




“Leer literatura ya me duele un poco.”


Llevaba casi dos años en la ciudad de Cuentópolis, cuando un desaliento le mordió el corazón. Se le había escapado un cuento. Queriendo atraparlo, el novel cuentista fue atrapado.

No escarmentó. El amante de los microrrelatos se pasó la vida buscando cuentos perdidos, fundando foros, juntando a los dispersos cuentistas y arriesgando el corazón y todo lo demás en el oficio de escribir lo que desescribía. Creciéndose en el castigo, atravesó el tiempo de los grupos de escritura creativa virtual y los años de la soledad , y atravesó también las infamias, las traiciones y las intolerancias. Creía en lo que creía contra toda evidencia, y así fue, siguió siendo iluso microcuentista , hasta el fin de sus días.

Éramos muchos. Estábamos esperando en el pórtico de la ciudad de Cuentópolis. El cuentista iba ser enterrado en el dominio punto com que se alza sobre la playa de la imaginación. Llevábamos allí un largo rato, aquel lunes apático y de mucho sol, cuando unos cronos del cementerio de la ciudad de Cuentópolis llegaron trayendo a pulso un féretro sin flores ni dolientes. Y tras ese féretro entraron, en cortejo los espiritus de Poe, Chejov, Quiroga, Maupassant y Cortázar, quienes estaban esperando al cuentopolitano.

¿Se equivocaron de ataúd? Quien sabe. Era muy del cuentopolitano eso de ofrecer sus amigos al cuento que nadie leía…

El final es el cuento*


“Si pudiera describir la tristeza, me conocerías. Estoy atrapado en este papel blanco. Una simple caricia de tus dedos me bastaría para ser libre.”

Inténtalo de esta forma, vuélcate en letras con la imagen de una hoja que cae, que siente el aire acariciar sus bordes y la certeza del impacto final contra el suelo. Mírame.

Él tiró una frase sobre la hoja y ella la siguió.

No es fácil escribir un cuento de a dos, ataré mi paciencia con siete nudos, para que no se me vuele. Así somos las mujeres de Aries, puro impulso de fuego.

“Te miro. ¿Acaso no te has dado cuenta de que te hablo con mis ojos? Siente el poder de ellos al traspasar tu alma. Ignórame, deja que venga a ti. No te apresures. Sabes que vengo de ti, de una región muy adentro de tu corazón. Soy la máscara de tu teatro. Tu alegría opuesta. ¿Qué no ves en mis ojos lágrimas? Descuida. ¿Qué es una lágrima? Un poco decir adiós a lo que tus ojos vieron...”

Hoy volvió a sentarse frente a las hojas de papel y deseó que las letras dibujaran pronto un mensaje de amor. Inhaló profundo y soltó el aire despacio; así es como mostraba a otro su forma de esperar. Dejó sus dedos libres, se reclinó en el respaldo de la silla y sonrió ante su propia locura.

“Soy tu musa varón. Tu lado femenino hecho hombre; el aire que necesitas cuando estás sofocada en tu mundo de fuego; el cielo azul de tu infierno rojo; me visto de rosas y verdes claros para que bailes conmigo un vals a media noche. Soy el zafiro de tus ojos, el cobre de tus pies. Te invito a mi aposento donde crece la hortensia y la rosa, donde debajo de un álamo vas a saborear el néctar de mis jugos hechos a base de hierbas y especias, menta, raque, tomates, peras, espárragos, judías. Seré ese pequeño reptil que tímido camina sobre el cristal de tu ventana. El otro lado de tu arco iris. El que te dota de una sensibilidad extrema y te hace capaz de escribir las mejores páginas de tu vida. El que te ha estado rondando la cabeza con cuchicheos al oído. Soy inalcanzable. Seré tu conmoción, tu duelo, tu terror, tu enfermedad, tu amargo ejercicio y tu tristeza placentera. Pero también puedo ser tu amor. ¿Amor? Ese que se siente cuando menos me necesites, ausente de egos y deseos.”

¡Hey, me dejaste sin aliento! Espera a que ate mi pelo con una cinta escocesa, me molesta tenerlo suelto mientras escribo. Por favor no vayas a irte, aunque tampoco es que te necesite tanto, no vas a envolverme, no a mi.

Ella hacía como si no le importara y, sin embargo, esperaba ansiosa el momento de encontrarse a solas con su hombre de letras.

“Descuida, no iré a ninguna parte si tú no me llevas, acuérdate que soy el héroe o villano de tu historia, y además un ser etéreo. Pero veo que se ha introducido una tercera voz, ¿quién es y qué pretende? ¿Por qué nos observa? Mira, ahí nos dejó ese código para que lo descifres:

FXHPWR

Si lograras llevarme a tu mundo se te ofrecerá la más grande dicha de todas: vivir el presente lleno de paz, la más dulce y agradable sensación que existe en el universo. Me vestiré con pedacitos de papel, levitaré por encima del suelo, y cuando menos te des cuenta zarparé a tu corazón, me zambulliré hasta el fondo y te sacaré las perlas hechas palabras para que me ates con ellas a tu ombligo como un botón de rosa. ¿Escuchas esa canción? Esa que dice que no somos tan distintos como tú crees, sí esa de Serrat.

...No sé si me gusta más de tilo que te diferencia de mío lo que tenemos en común.Déjame darte una clave para que trabajes el código. Es un cifrado que lleva el nombre de un famoso emperador romano. Solamente me es permitido darte claves, nada más. Investiga…”

Con un movimiento del brazo arrojó todos los papeles que estaban sobre su escritorio. Perdió contacto con el mundo rutinario y conocido, no salía a la calle, comía irregular, enflaquecía. Se hizo transparente. Pasaba las horas con los ojos fijos intentando dar forma humana a ese hombre que se le había revelado en las letras. Enredada en los libros de historia analizó los nombres romanos desde Augusto hasta Carino. No podía descifrar el código. La desesperación le desorbitó los ojos y le soltó el cabello. Envuelta cada vez más en los vericuetos de la mente, respondía con frases tortuosas a las más simples preguntas de su mucama.

─ ¿Le ocurre algo, señora? Se ve usted muy pálida.
─ P-á-l-i-d-a, tal vez el código esté escondido en esa palabra... ¿Lo crees?
─ ¿Código…? ¿Seguro que se encuentra bien, señora? Su ensalada César ya está servida. Debería usted comer algo.

Dame una pista, por favor, mueve mis manos, haz que mi lápiz escriba tu nombre. Y no me hables de amor, que de eso no se habla. El amor se vive. Por momentos te siento, recorres mi cuerpo por dentro como las gotas de saliva que caen pesadas y densas para anidar en mi vientre.

“Es un cifrado para enviar mensajes secretos, sólo eso. Lleva el nombre de un emperador y deberías prestarle atención a tu mucama. Has escuchado eso de “A Dios lo que es de Dios y al…”. Pero dime ¿qué se siente vivir? Tienes razón, el amor es una acción, la vibración del universo. Temo que me destruirás. A mi lado hay una serpiente y detrás de ti se oculta una tigresa. Mi sensatez me dice que vendrá un caballo a interponerse entre los dos pero aun así soy tu barquito de papel, tú mi río, llévame adonde quieras. Quiero serte útil. Te daré mi flor de serpiente, tú me darás una garra para mi suerte. Sabes, admiro tu sinceridad.”


Una lluvia torrencial golpeaba los vidrios y ella vio serpientes que se deslizaban entre las gotas. Su locura anuló el sutil límite entre los textos y la realidad, un simple diario se le aparecía como un código en letras desordenadas. Por momentos hablaba con su musa o en impulsos de convulsiones arrojaba su cuerpo sobre el papel, para amar al hombre invisible. Nueve meses, y tuvo la impresión de estar en un viaje sin retorno.

“Sabes, es la distancia y el silencio lo que hace triste al amor.”

Dime tu nombre de ensalada y de emperador, quédate aquí y no me sueltes, no tengo fuerzas para escribirte, quédate por favor. Construiremos juntos un mundo de dos, donde no habrá papeles ni letras, ni códigos ocultos. Solo pasión que una tu mente racional con mi espíritu de fuego.
Se sintió cansada. Esperó que llegara el sueño. De súbito un ligero resplandor atravesó sus ojos. Los abrió, se dirigió hacia la ventana. Nada. Rondaba la oscuridad. Solamente algunas estrellas en el cielo titilaban nerviosas. Volvió a su lecho y se durmió.
Él llegó despacio en la madrugada, como un murmullo distante y antiguo y la envolvió en caricias de sutil neblina azul y gélida. Posó sus labios fríos sobre la frente acalorada. Ella entreabrió los ojos y lo vio...sus ojos agua marinos eran espantosamente hermosos. Él rozó sus mejillas con los dedos y ella fingió que dormía. Aunque sus ojos estaban cerrados, ella adivinaba que él sonreía tal vez de ternura o de lujuria... ¿Diablo o ángel? Entonces pudo al fin escuchar su voz.


─La vida debería ser como uno lo quisiera. Pero escucha, si antes de que salga el sol no descifras el código con mi nombre, vendrá Gordon por mí y me llevará de nuevo al Reino de las musas. Él es el caballo que nos separará y sólo tú lo podrás detener al pronunciar mi nombre frente a él. Es un personaje antagonista y su única misión es entorpecer el proceso narrativo. He cambiado mi reino por tocarte en este instante; por sentir tu carne y tu aliento hambriento de besos…tómame y por favor no permitas que él me lleve. Tu nombre es Deseo.”

Ella lo escuchaba en silencio, los dos sabían que nada les estaba prohibido. Entonces el cuerpo del musa trascendió de lo etéreo a lo íntimo, del vestido de ella al desnudo, de la sequedad a lo mojado, de las palabras a los gemidos melódicos, de la separación a la unidad; dos cuerpos que se unían para ser uno mismo, con el mismo fin. Fueron uno en el mismo espacio sin ser diferentes, uno por un momento. Enamorados se enzarzaron en su juego apasionado. Sus manos se afinaban como lirios blancos que se abrazan con sus pétalos; arena en busca de huellas; agua de lluvia que busca río. Ella con su lengua de fuego lo estremeció de punta a punta; él, puñal que desgarra la negrura de la noche se aferró a su cuerpo; y como un viento huracanado que desenreda las ataduras del pudor, cayeron los dos en las redes de la pasión. Ella escuchó un zumbido de aletazos que le golpeaba la sien y la inspiración apenas comenzaba…

─Tu nombre es Cesarino el romano ─dijo con voz aflautada por el amor y en la incoherencia de la locura que le había desordenado la mente.

─César es el nombre del código. Yo no puedo decirte mi nombre, si te lo digo me desvanecería y tú no quieres eso. Eres tú la que debe hacerlo y me librarás de esta tristeza. Me quedaré contigo y Gordon no podrá hacer nada. Anda, investiga, la noche se acaba.

Mientras hablaban, una sombra se acercaba poco a poco a su habitación. Deseo saltó de la cama y se dirigió hacia la computadora. Con prisa escribió las palabras CIFRADO CÉSAR y en la pantalla apareció todo lo que necesitaba saber. Leyó.
Cifrado César
El cifrado César mueve cada letra un determinado número de espacios en el alfabeto. En este ejemplo se usa un desplazamiento de tres espacios, así que una B en el texto original se convierte en una E en el texto codificado... Este método debe su nombre a Julio César, que lo usaba para comunicarse con sus generales.

Para codificar un mensaje, se debe buscar cada letra de la línea del texto original y escribir la correspondiente en la línea codificada. Para decodificarlo se debe hacer lo contrario.

Aclaraba el día y Gordon se acercaba a la puerta. El musa yacía lánguido en la cama con sus ojos de agua muy abiertos. Deseo, algo nerviosa y desesperada, estudiaba y reordenaba las letras una a una: F-X-H-P-W-R...

De súbito la puerta se abre… -¡CUENTO! ¡Tu nombre es CUENTO! –gritó eufórica Deseo. Petrificado, Gordon exclamó: "¡Que Dios se apiade de mi pobre alma!". Y se esfumó.

Y el final es el cuento.


* Escrito a dúo con Analia Bosch, de Argentina en el grupo de escritura creativa Tallerines.

Héctor Luis Rivero López-2008

Un caso transmutable

A la muerta se la llevan cubierta con una sábana. Un fotógrafo, del periódico El Grito, se la quita, “es mi trabajo”, dice con orgullo. El cuerpo se ve muy lívido con un par de arañazos en las piernas. El espejo del mueble tocador está roto con una resquebradura en forma de equis. Una amapola amarilla reluce con sus pétalos abiertos.
Un grupo de policías inspecciona y rebusca por todas las esquinas del apartamento de la occisa. La vecina, de algunos cuarenta y tantos años, es interrogada por el detective; se mueve nerviosa en la silla y ante la mirada incesante del investigador comienza a hablar…
–Yo no sé nada, no vi nada y ni escuché nada. Siempre la veía de lejitos en algunos ratos, y mire que era loca, porque se reía sola, como las locas saben hacerlo, pero daba miedo. Imagínense una mujer de esa calaña, solitaria ahí, y yo que tengo dos niñas adolescentes,¡ Jesús, María y José!, ni me acercaba para allá. Bueno, todos por aquí en el barrio le llamaban la gata ya que tenía la mirada como la de los gatos. Ay, que era rara esa tipa, que un día la visité para pedirle por favor me prestara unas tijeras y vi que tenía unos enormes espejos en todas las paredes de el apartamento y nunca se ponía vieja, siempre con aspecto jovencita, como una misma bruja, Dios me perdone, porque una no sabe, pero dicen los muchachos que se metía por los espejos como si fueran de agua, y que al momentito reaparecía más lozana de lo que entró. A mí qué me importa, que sé yo, pero creo que esa señora no era normal. Pasaba por ahí con una sonrisa estúpida en sus labios como una retrasada, con su pelo cortito y una flor en su oreja; y mire que hay que darle crédito, pues nunca molestó a nadie, ni hacía ruidos, ni nada de eso; sola y cantando como si maullara igual que una gata en celo. Mi gato al escucharla se fue de la casa y todavía no ha regresado. Nunca noté hombre alguno entrar en su apartamento, hasta que un domingo por la mañana, cuando me dirigía para la iglesia, hace como dos semanas, si bien recuerdo, vi pasar a un muchacho alto, de pelo corto y rubio, bastante guapo, con una flor amarilla en sus manos…creo que era algo menor que ella, pero nunca me fijé si había entrado o salido… ¡Ay, Dios Santo!
–Cálmese señora, por favor. Dígame, ¿ha visto de nuevo a ese joven?
–No, no lo he vuelto a ver.
Para el investigador, otro caso, para la señora y los inquilinos del edificio, una historia más que contar, y para el joven alto, de pelo rubio, la experiencia más horrible de su vida, pues sin saber por qué, cómo y cuándo, siente que tiene cuatro patas, largos bigotes y tiembla dentro de un cuerpo peludo y amarillo, con los ojos desorbitados, latente debajo de la cama.
A tres millas de distancia, en un motel, un enigmático caballero de modales amanerados se registra por una noche y firma el libro de registro con tan sólo una equis.
Héctor Luis Rivero López-2008

Accidente o lección del azote gris en un día cualquiera


Es un día cualquiera en una de esas tantas ciudades arremolinadas. Un autobús se estaciona frente a un hospicio para ancianos a las ocho menos cuarto de una mañana azul de verano; tiempo de calor y diversión para algunos, pero para otros, abandono y soledad.

El chofer, un hombre joven y robusto, se baja, saca un cigarrillo, lo enciende y con cierto aire de desdén espera a que los pasajeros salgan del edificio. Luego agarra su celular y se pone a hablar, tal vez con un amigo. Lleva una semana en ese trabajo y lo detesta. Se le había asignado recoger a varios ancianos, la mayoría jubilados entre sesenta y cinco y noventa años. No era el empleo que buscaba, pero iban a pagarle muy bien. “Qué mierda, al menos hoy es el último día y ya no tendré que soportar más a estos decrépitos”, piensa, mientras se peina y se mira en el cristal de la ventana.

Los viejos, y alguno que otro no tan añoso, salen en fila del asilo. Caminan despacio por la acera rodeada de canarios amarillos. El joven conductor se impacienta. Un anciano va en silla de ruedas y es ayudado por un enfermero; otros usan muletas, andadores y bastones. Algunos entran al vehículo en silencio, y otros, los menos, conversan y hasta tararean alguna canción.
Una mujer de unos setenta años es la última en llegar. Al subir se agarra de la puerta, pues usa muletas. Exhausta, se sienta detrás del asiento del chofer.
─Discúlpame, hijo, que te hice esperar tanto para subir. Lo que pasa es que hace días me amputaron la pierna y no te imaginas el dolor que tengo.

El joven prende el motor; no se siente como para escuchar quejas de viejos. Acelera.
─Sabes, hijo, estuve dos años yendo a clínicas y consultorios. Pasé por cinco médicos y ninguno se dio cuenta de que se me gangrenaba la pierna. Unos me decían que era problema de circulación, otros me daban una pomada porque decían que era reuma, me hicieron mil estudios, así estuve de clínicas y consultorios. ¡Señor, no se imagina el dolor que se siente! En mis años mozos yo cuidé con amor a muchos enfermos, pero nunca imaginé que los dolores que atendía fueran tan terribles, hasta que los experimenté con esta pierna.

El joven permanece indiferente y sólo se concentra en el camino. Para ver si ella se calla, sin mirarla le dice:
- Señora, yo no soy médico para escuchar sus historias.
Y para atenuar la cháchara de la anciana, enciende el radio en una estación de reguetón.
“A mi me gusta la gasolina, quiero mas gasolina…Dame más gasolina”.
Algunos suspiros y varios quejidos de los otros pasajeros rompen la tonada y todos resignados a la impotencia y a la costumbre de sus achaques se mantienen en silencio.
─ Una noche me miré las uñas, al lado de una noté una rayita de color negro. Ahí me di cuenta que la gangrena comenzaba. ¿Cómo yo, que apenas tengo estudios primarios, me di cuenta y los médicos no?

El conductor comienza a sentir un cosquilleo pequeño y agudo que le sube por la pierna izquierda. Al sacudirla piensa que tal vez es un calambre. El ritmo de la canción lo entretiene y se imagina que está bailando con su novia.
─Cuando me la amputaron fue muy triste y doloroso. Ni siquiera había suficiente cantidad de morfina en la clínica. Retenía los líquidos y se me puso el abdomen inflamado con ascitis. Me pusieron compresas. La fiebre me subió a niveles de delirio. Caí en estado comatoso y...
Otra vez el cosquilleo en la pierna, pero esta vez siente un dolor agudo y penetrante. Asustado, voltea la cabeza para mirar a la anciana que no cesa de hablar, mientras lágrimas caen sin detenerse y resbalan por los surcos de sus mejillas.
─¡Basta! ─grita el joven, desesperado.

Con mucho esfuerzo, gira el volante hacia la derecha y estaciona el bus, pero el dolor es tan intenso que cae de bruces. La cabeza choca contra el volante y el golpe activa la bocina que comienza a sonar de manera estrepitosa. Entre la mezcla del ruido y los acordes de “dame más gasolina”, la anciana, sonriente, pero con cierta dejadez, mira a los demás, mientras le dice con dulzura:
─¿Me comprendes hijo? Es algo que no se lo deseo a nadie, ni a mi peor enemigo.

Todos los ancianos aplauden y cantan “dame más gasolina…”

lunes, 15 de diciembre de 2008

Carta para el Señor Cardenal




A Enrique Vila Rosado

Su Estimada, Reverendísima Eminencia Señor Cardenal:

Me llamo Casimiro Pascual De la Torre. El motivo que me obliga a escribirle a usted e interrumpir su sagrado y laborioso día, es que tengo problemas con mi señora por causa del nuevo párroco de la capilla de Monte Arriba. Ella, mi esposa, se llama Margarita Figueroa, y también es una fiel y devota católica, apostólica, romana como yo. Resulta pues, déjeme decirle, su reverendísima, que desde pequeño he dedicado toda mi vida a llevar el catecismo a mis hermanos. Muchas hostias por mis manos han pasado, que yo mismo preparaba en la tostadora del padre Robino, y que por supuesto, han tomado grandes personalidades de mi pueblo, desde luego, personas ya consagradas al servicio de la voluntad de Dios y María. Son pocos los sacramentos que me quedan por tomar, y espero que el último sea el de la extrema-unción, cuando mi alma se decida partir hacia la eternidad y así poder encontrarme con todos los santos de mi devoción, y espero que sea el padrecito Robino el que me la dé.

Señor Cardenal, para mi es un gran honor haber sido proclamado diácono de la parroquia María De Los Vientos, pues en ella hice mi primera comunión, fui cursillista y dirigí muchos retiros matrimoniales, y este año pienso irme de vacaciones a Jerusalén, pero primero iré al Vaticano para poder ver la santa cede y disfrutar de la misa papal dominical. Además, todos los domingos, después de la misa, me dedico a llevar a un grupo de hermanos feligreses a la montaña santa en Juanajuate, cerca de la capital, y nos hemos impuesto la meta de rezar cinco rosarios en tan sólo tres horas.

Bueno, lo cierto es que mi esposa y yo hemos compartido en las actividades de pastoreo parroquial. Todo nos marchaba al dedillo hasta el día en que llegó el nuevo párroco a ocupar la capilla del Nonato, situada en Monte Arriba, barrio cercano al mío. Esa iglesia la administraba, digo, perdón, la pastoreaba un sacerdote capuchino, de la orden de los descalzos, muy buena gente él porque era bastante feo, pero no sé por qué se lo llevaron a otro lugar. Bueno, lo cierto es que ahora éste nuevo padrecito, llamado Rosendo Rivera, que también es de los descalzos, ha cambiado las cosas, ya que según se dice, es amante de la nueva teología esa de la liberación. Pues, sucede que mi esposa se enteró del nuevo padrecito y ahora resulta que le gusta mucho ir a sus misas. Le confieso, señor cardenal, que los celos me consumen, pues también para colmo ese padrecito es joven y muy guapo, y Margara esta fascinada con él. ¡Ay!, mi Margarita es otra y ya no me cocina los amarillitos en almíbar, como solía hacerlo antes, sino que ahora, encima de hacerlos de otra manera, los coge y se los lleva al padrecito ese! Señor Cardenal, nos estamos divorciando, y todo por culpa del padrecito ese. Me duele mucho que tenga que romper el santo sacramento del matrimonio, pero ya no puedo más. Ya no rezamos el santo rosario juntos, ni ella va conmigo a la iglesia del padre Robino; prefiere ahora ir a limpiar la oficina del padrecito.

Señor Cardenal, ¿qué usted me aconseja, por favor? Ya van más de dos años que estamos separados. La semana santa ya no es la misma y la cuaresma es una agonía, respiro triste y solo.

Adjunto le incluyo mi dirección, teléfono y fax de la parroquia. Necesito su consejo espiritual. Le pido su bendición.

Muy servicialmente de usted queda,
Casimiro Pascual De la Torre

P.D. Si fuera posible déle una asignación especial a ese padrecito, me haría usted un gran favorcito. Envíelo a Centro América, ya que él está muy preparado para atender asuntos relacionados a la teología esa de la liberación, y allá hay mucho catecismo de guerrilla. Bueno, desde luego, esto es una sugerencia amorosa… como usted ve, le envío un cheque muy sustancioso...píenselo bien.


©2008-Héctor Luis Rivero López

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